
De un tiempo a esta parte he pensado que Pedro Antonio Marín, alias Manuel Marulanda Vélez, alias
Tirofijo (
foto), era en realidad un títere de los hambrientos tiburones encabezados por Guillermo Sáenz Vargas, alias Alfonso Cano.
En esa cúpula voraz y desbordada hay que contar otras joyas, como Jorge Suárez Briceño alias
Mono Jojoy, el finado Luis Edgar Devia Silva alias
Raúl Reyes, Milton de Jesús Toncel Redondo alias
Joaquín Gómez, Henry Castellanos Garzón alias
Romaña, Jhon Diego Ruíz Escudero alias
Chómpiras, Luciano Marín Arango alias
Iván Márquez, y Rodrigo Londoño Echeverri alias
Timoteo Jiménez.
Esta percepción es independiente de la veracidad, o no, de la noticia según la cual Tirofijo está muerto, bajo tierra, o “en el infierno”, según el ministro de Defensa, Juan Manuel Santos.
Al principio, cuando era un preadolescente y en la casa escuchaba hablar de riqueza y pobreza, de abuso de autoridad y malos gobiernos, Tirofijo me parecía una leyenda. Nunca lo pregunté, ni siquiera su nombre verdadero que nadie sabía, pero daba por hecho que ya no existía. Que era de la mitología popular.
En esos años se ponía de relieve el origen de Tirofijo, como un prohombre que había tenido los cojones de oponerse a los latifundistas, y el reducto de campesinos que comandaba había sido casi exterminado en Marquetalia, El Pato, Guayabero y Río Chiquito.
En esa época se llamaban
Autodefensas Campesinas, escindidas de las toldas del Partido Liberal. Esa incipiente organización habría de convertirse en guerrilla y bastión del comunismo ruso.
Recuerdo también que un día un escritor llamado Arturo Alape publicó un libro diminuto, físicamente, de pasta color verde, titulado “Las muertes de Tirofijo”. Corrí a comprarlo, obviamente.
Tirofijo se había convertido en una presa altamente apetecida por todos los comandantes del Ejército, de la Policía y varios políticos del liberalismo y el conservatismo.
Pero, en general, las que terminaron llamándose Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Farc, fueron vistas de una manera especial, muy distinta a la estremecedora presencia del Ejército de Liberación Nacional, ELN, Ejército Popular de Liberación, EPL y Movimiento 19 de Abril, M19.
Las Farc no tenían el mismo protagonismo. Y esto fue así por muchos años. Se sabía de ellas como una fuerza apoyada en los campos y en los campesinos, con estrategias de lucha territoriales, amenazantes para el resto del país como una ameba colosal.
El ruido lo hacían los otros, EPL, ELN y M19. Pero a medida que estos se fueron extinguiendo, reflotó la supremacía Farc.
Los primeros en ser diezmados, si no ando mal, fueron los del M19. Ellos optaron por una estrategia coherente de hacer política alternativa, y tras la muerte de su máximo líder, el samario Jaime Bateman, abrieron un boquete enorme al ordenamiento democrático de entonces.
Por ese espacio lanzaron la candidatura presidencial del vallecaucano Carlos Pizarro, sucesor de Bateman, mientras Antonio Navarro levantaba carpas blancas para hablar de paz en todo el país. El M19 devinó, finalmente, en la Alianza Demócrata.
En el conjunto del proceso de confrontación, el EPL fue el siguiente en ser desmantelado. Recuerdo que en la universidad gritaban vivas a Libardo Mora Toro, pero siendo periodista recuerdo a Bernardo Gutiérrez, porque llegó a ser congresista, como también lo fue Iván Márquez (Luciano Marín) de las Farc, y la captura en 1994 de Francisco Caraballo, el máximo líder entonces, quien, por cierto, creo que ya salió de cárcel.
No debe entenderse que en un momento determinado terminara un proceso y en el minuto siguiente comenzara a ocurrir el siguiente hecho, pues todo esto fue entrelazándose, con cierta simultaneidad.
El ELN es el último reducto de la guerrilla beligerante y ruidosa, a veces más propagandística que combatiente. La vida colombiana, con estos actores armados en actividad, EPL, M19 y ELN, parecía ir más de prisa que ahora.
Creo que los orígenes del ELN son casi tan antiguos como los de las Farc. Comenzó por allá a comienzos de los años 60, al mando de los hermanos Vásquez Castaño. El más conocido fue Fabio, de quien se rumoró que se hizo multimillonario, y que se había ido a vivir en Cuba.
Fue un reinado largo el de Fabio Vásquez Castaño en el ELN, a quien le sucedió el sacerdote español Manuel Pérez, cuyo deceso se produjo en 1995, en las postrimerías del grupo armado.
Al ELN quiso unirse el cura Camilo Torres Restrepo, pero murió en su primer combate, según cuenta. La mitología habla de que el propio Fabio Vásquez Castaño, un déspota para algunos, le dijo que cada guerrillero debía ganarse su fusil en combate.
Entonces, cuando Camilo Torres fue a quitarle el fusil a un soldado muerto en el combate de Patio Cemento, en Santander, departamento de donde eran los Vásquez Castaño y el ELN se fortaleció, al amparo del sindicalismo petrolero, recibió un disparo que lo mató.
Del ELN recuerdo a dos de sus destacados voceros y negociadores. Uno, llamado Erlinton Javier Chamorro, un magnífico disertador magistral con voz de tenor, conocido como
Antonio García, y el otro, de complexión de niño y decir suave y sonriente, Israel Ramírez, alias
Pablo Beltrán.
La cuota de farándula se la ha puesto al ELN Gerardo Bermúdez, conocido como
Francisco Galán, hoy en día un hombre con sobrepeso y largas barbas blancas, pero cuando se hizo conocido era un sujeto delgado con aspecto de ejecutivo.
Francisco Galán fue detenido consumiendo cocaína en una habitación de hotel, en Bogotá, conviviendo con otro hombre. Pero ya se sabe que es un duro negociador del ELN, y aquel episodio no empañó su vocería, que ha continuado desde la cárcel en Antioquia.
También es farándula la propuesta de la directora del Museo Nacional, Elvira Cuervo de Jaramillo, de abrirle espacio allí a la toalla sudorosa de Tirofijo.
Para estas calendas es que las Farc comienzan a descollar, y se sabe de ellas por las cantidad de cilindros de gas propano que se perdía de los distintos sitios de la Compañía Colombiana de Gas, Colgas. Mismos cilindros de gas con que empezaron a fabricar un versátil artefacto entre bazuca gigante y cañón de guerra pequeño.
Los cilindros pequeños de gas los llenaban de metralla, y eran como granadas o balas, disparadas con el tubo de los cilindros grandes de gas. Con esto atacaron, haciendo enorme daño en los cuarteles de policía, muchos pequeños y apartados pueblos colombianos.
Después se habló de que las Farc tenían más de una decena de alcaldes a su servicio, en sitios minúsculos de Putumayo, Caqueta, Guaviare, Guainía, Vichada, Casanare y Meta.
Para muchos, la estrategia de toma del poder mediante ese mecanismo de ganar alcaldías, era amenazante. Lo que después se supo es que ganaban las elecciones con sus alcaldes títeres, valiéndose de amenazas, robo de urnas y otras vilezas.
Las Farc, poco a poco se nos fueron haciendo familiares, con sus ataques alevosos a pueblitos remotos, sus jacarandosas pescas milagrosas en las carreteras de Colombia, su negocio del secuestro apoyadas en bandas de delincuentes profesionales, y como cuidadores y después procesadores y exportadores de cocaína.
Pero esto último es el negocio de los tiburones, de quienes se asegura que son multimillonarios, que sus hijos estudian en Europa y tiene al títere Tirofijo para darle el matiz subversivo a sus actos delincuenciales.
Muerto o no muerto Tirofijo ha sido el emblema de lo que no deja avanzar al país, del carcoma de nuestra cultura que ha querido incorporar la violencia a la visión del mundo, y de lo que es un guerrillero decadente, absorbido por la corruptela espiritual.
Detrás de este mascarón de proa que es el octogenario Tirofijo, que sirve para reivindicar glorias de otros tiempos en sus gestas campesinas, hace más de 40 años pero como si hubieran ocurrido el año pasado, están, vorazmente, Guillermo Sáenz Vargas (Alfonso Cano), Jorge Suárez Briceño (Mono Jojoy), Luis Edgar Devia Silva (el finado Raúl Reyes), Milton de Jesús Toncel Redondo (Joaquín Gómez), Henry Castellanos Garzón (Romaña), Jhon Diego Ruíz Escudero (Chómpiras), Luciano Marín Arango (Iván Márquez), y Rodrigo Londoño Echeverri (Timoteo Jiménez).
Todo este largo aprendizaje es el que tenemos que incorporar a la racionalidad y espiritualidad de la historia, la patria y nuestra idiosincrasia colombiana.