21 julio 2008

Francisca, Bigote y Prisionero

Con el título Nuevas plumas chilenas compartí el pasado 30 de junio los textos de jóvenes autores, finalistas del Concurso Internacional de Microficción “Garzón Céspedes”, en España.
Al transcribir el texto que me enviaron por correo-e cometí un error, que me hace ver Francisca Rivera Pardo. Los cuentos breves que adjudiqué a ella, corresponden en realidad a María Patricia Quintana Oyarzo. En cambio, los relatos Bigote y Prisionero, que fueron de la preferencia de Armida Leticia, los escribió Francisca Rivera Pardo.
Helos aquí:

Bigote
Tu piel ha envejecido, tu bigote se volvió gris. Yo también he cambiado. Fijas tus ojos en los míos, me sonríes. Al parecer ves en mí, la mirada expresiva de aquella época, cuando pasabas frente a la ventana de mi casa.

Prisionero
Toda una vida encerrado. Era un castigo injusto. Abrió la portezuela el carcelero. Su prisionero agitó las alas.

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30 junio 2008

NUEVAS PLUMAS CHILENAS

Me topé con unos cuentos breves de jóvenes escritores chilenos que resultaron finalistas en la más reciente versión del español Concurso Internacional de Microficción “Garzón Céspedes”. También hubo finalistas de El Salvador, Cuba, Colombia y Bolivia. Por favor, disfrútenlos.

De Máximo Acuña Carvallo
Imitación
Robertico parloteo de alegría cuando Superman se lanzó desde lo más alto del edificio y le impidió a su malvado enemigo la destrucción de la ciudad.
El niño apagó el video y se vistió con su nuevo disfraz, el más reciente regalo de su madre por haber cumplido tres añitos.
Con pasos torpes abrió la puerta del balcón y utilizando una caja de madera como soporte logró subirse al muro del apartamento.
Cien metros más abajo un hombre le pegaba a una mujer. Robertico los vio, abrió sus brazos y se lanzó a salvarla.

De Carlos Mauricio Álvarez Gómez
Buen día
A través del vapor tibio del café de la mañana, ve su rostro frente a él. No se convence de la mujer en que se ha convertido en estos años, tan hermosa, tan segura. El vapor da cierto calor a la conversación, superficialmente hermosa. Terminan, emprenden rumbos distintos. La escarcha acompaña su camino, sus pensamientos lo adornan. Llega a la estación y están algunos de los rostros que el tiempo ha hecho familiares. Inspira hondo y desea que sea un buen día, no uno más, sino un buen día.

Caída
Sintiendo que nada podía ser más doloroso que ese momento o más solitario que ese farol, que al parecer no tenía más fin en el mundo que alumbrar tímidamente su cuerpo, cayó. Mientras caía, divisó la copa de un árbol, tan sobria como eso, tan dulce como eso, el viento irrespetuoso que no se apiadaba de su suerte la mecía con ternura, de esa que le prodiga la madre al crío. El verde de ese árbol algo de tranquilidad le daba, pero sólo algo, sabía que su suerte estaba echada, sólo era cosa de tiempo.

De Elisa Castillo Ávalos
Comunicación
No tenía nada que decir… y lo dijo.

La balada
En medio del baile, la fiesta comenzó a marcar otros compases… la balada se hizo fuerte y vertiginosa… algunos lloraban aún al ver a la novia con su vestido blanco, lloraban al ritmo de la balada… al son de sus compases. Muchos bailarines caían de cansados, otros se fueron tras las mesas a compartir con sus parejas este momento único. Pronto la música se hizo ruido, la balada se hizo más fuerte y el vestido de la novia se hizo rojo como la corbata del novio ausente, al son del despecho de la última bala.

Nada de valor
Un gato durmiendo en la puerta impide el robo de una casa vacía.

Una raya en el agua
Nada… simplemente nada, despreocupada de la costumbre humana de hacer rayas en el agua.

De Eduardo Guerrero del Río
Llanto
Para Rodrigo
Tiene el pelo hecho de pájaros y lo sabe. Por eso los libera para mí, gozando mis ojos perdidos en esa oscuridad movediza. Es claridad y misterio. Lo que quise y lo que no entiendo. Pero llora. Es hombre y llora, como yo no lo he hecho nunca.
Su llanto empieza por liberar sus pájaros, por volver su cuerpo oleaje. Sus ojos se van haciendo grieta. En el fondo de la grieta un hombre es sin atadura. Un pequeño hombre crece verdadero en ese quebradizo pliegue. Lo toco suavemente con mis manos ansiosas y al fin nos unimos dos precipicios.

De Gina Hasbún
Amorosas precipitaciones
Llueve sobre Santiago. Entre charco y charco, una nueva inundación. Así y todo, logro sobrevivir a tu acuosa ausencia. Llueve sobre Santiago y sobre París. Al unísono. La lejanía es una especie de tormenta. Un nuevo frente de mal tiempo se avecina. Suena un celular a lo lejos. Silencio. Una ráfaga de viento se lleva los últimos recuerdos. Sobre París y sobre Santiago. Una doble ciudadanía de desconsuelo. Mañana saldrá el sol. Tú no estarás debajo de esa lluvia. Yo con mi paraguas atómico seguiré esperando el próximo aguacero. Sobre Santiago y también sobre París.
De Patricio Moraga Vallejos
A puerta cerrada
Hombre con cabeza de caballo, tocaba con pasión un bandoneón inexistente.
La mujer, desnuda, danzaba sobre un montón de corazones, aunque mutilados, vivos y sangrantes desparramados por el piso, insanamente, cuadriculado en blanco y negro, al tiempo que arañaba los muros, incluso ya sin uñas que doblar en el intento.
–Hombre con cabeza de caballo, ¿cómo se llama este lugar? –preguntó ella, con los ojos llenos de éter.
–Le dicen manicomio –respondió él sin perder la concentración en lo que hacía–. Pero es una sala de baile a puerta cerrada; bien cerrada.

Risas y cascabeles
Y la cabeza, evidentemente decapitada del bufón, que aún traía puesto su gorro de cascabeles, muerta como estaba, igual reía.

De Diego del Pozo
Mejor cierra los ojos
Cierra los ojos y aparece. La ve caminar descalza sobre las estrellas, en jardines infinitos. Lleva sólo puesto un vestido y sabe muy bien lo que éste oculta. El sol ilumina sus pasos y entibia su piel.
Camina sigilosamente y le vigila de reojo, invitándolo a seguirla. Juega a seducirle y él se acobarda. Se frena y la deja ir, una y otra vez.
Abre lo ojos y ve su nombre esculpido sobre el frío mármol. Hay silencio profundo, hay muerte. En las manos sostiene sus flores predilectas y son para amarla a la distancia. Mejor cierra los ojos.

De María Patricia Quintana Oyarzo
Un papel
Salgo del Metro y miro buscando a alguien que tenga un papel que me dé. Quiero enrolar un tabaco y no tengo cómo. Afuera llueve, los semáforos se nublan y la gente avanza despacio en las colas interminables de las siete de la tarde. Estoy muy cerca de la Moneda, pretendo caminar hacia allá. Haciendo caso omiso de la lluvia continúo la travesía acuática en un Santiago que mañana estará despejado. Una vez frente a la Moneda encuentro un papelillo en el bolsillo interior de mi chaqueta. ¿Cómo llegó ahí? Enrolo, fumo y miro mientras el agua moja mi tabaco.

De Francisca Rivera Pardo
Pies
El martes comenzó con el pie izquierdo: hurto de cartera, me doy cuenta al terminar exquisito capuccino en café elegante. Sensación de que alguien revisa tu vida, fotografías familiares, agenda con datos de amigos, labial de besos apasionados, boleto de lotería.
Todo gira, lo que va vuelve. Llamada de teléfono, hallazgo de cartera al otro lado de la ciudad. Recuperas trozo de tu vida y aparece el pie derecho: reviso pertenencias, encuentro todo me-nos dinero. También boleto de lotería, me fijo en el diario, es el ganador. Sonrío pensando que para caminar debemos alternar el pie derecho con el izquierdo.

Ruta lunar
Camina ansioso por volver a casa. Lleva regalo bajo el brazo, papel de colores y cinta azul. Es noche de luna redonda y clara, por eso no se percata de la oscuridad en la próxima calle hasta que siente el primer golpe y sólo escucha las voces. Son tres y no puede defenderse, cae al suelo y piensa que su hijo no podrá abrir el obsequio, que dos años no alcanzan a crear un recuerdo, que ojalá no vea la cinta azul con hilo de sangre, que ahora apagará la luz para dormir ambos con oscuridad y silencio.

De Felipe Rodríguez
Bigote
Tu piel ha envejecido, tu bigote se volvió gris. Yo también he cambiado. Fijas tus ojos en los míos, me sonríes. Al parecer ves en mí, la mirada expresiva de aquella época, cuando pasabas frente a la ventana de mi casa.

Prisionero
Toda una vida encerrado. Era un castigo injusto. Abrió la portezuela el carcelero. Su prisionero agitó las alas.

De Nelson Torres
Habeas corpus
Ella dedicó toda su vida a la investigación de la anatomía humana y su incidencia en la depresión.
Después de muchos años de estudio había acabado trabajando junto a un importante equipo de doctores, diseccionando cadáveres en una investigación pionera a nivel mundial.
Tras un par de años les cancelaron el presupuesto y se quedaron sin muertos que abrir.
Al otro día la encontraron colgando.
Se había ahorcado con una cinta de regalo.

*Quienes requieran información pueden consultar aquí: CIINOE ciinoe@hotmail.com

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18 junio 2008

MICROCUENTOS DE DIEGO MUÑOZ V.

Estupenda la sensación de ir pasando con el cursor las 23 páginas del segundo ejemplar de la colección de Libros de Mentira, titulado Microcuentos, del escritor Diego Muñoz Valenzuela.
Este libro de mentira trae textos de verdad, como La vida es sueño, que por su estructura y brevedad casi parece un poema oriental:
Duerme. Sueña que vuela.
Despierta. Cae al vacío.
El concepto y el diseño de la colección son de los periodistas Luis Cruz y Gabriel Oyarzún, mientras las bellas ilustraciones del que se comenta, de Virginia Herrera.

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08 junio 2008

OSADO Y GALARDONADO GERMÁN MARÍN

Nació en Santiago de Chile en 1934. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires. Es uno de los autores de la biblioteca virtual Libros de mentira. En 1973 publicó Fuegos artificiales, prohibida tras el golpe militar. Germán Marín vivió exiliado diecisiete años. En 1994 publicó Círculo vicioso, Premio del Consejo Nacional del Libro, y en 1995 el libro de relatos El palacio de la risa. Dos años después publica la novela Las cien águilas –beca Fundación Andes– y El circo en llamas sobre la obra de Enrique Lihn –con quien había dirigido la revista Cormorán–. Con la novela Conversaciones para solitarios ganó el Premio de Literatura Municipal de Santiago, y por segunda vez el Premio del Consejo Nacional del Libro. A este libro pertenece el siguiente texto:

Carta anónima
Usted, seguramente, está en este momento, como todas las noches, sentado entre los suyos escuchando a Mozart, mientras bebe la infusión de yerbas. Buena para el estómago, acodado al sillón. Su señora, es de suponer, distraída y lejana, tejiendo a crochet una prenda que nunca termina depositada en el regazo, mientras su hijo único, de veinte años, soluciona el crucigrama del diario y mordisquea la punta del lápiz. De esta manera, forman los tres una típica escena de familia, cuajada por una extraña docilidad, donde todo parece inmóvil y sereno. Usted ya habrá rasgado el sobre dirigido a su nombre y, al recorrer ahora estas líneas, no haga gesto alguno de sorpresa que delate la información que cumplo en entregarle, continúe por favor, plácidamente, oyendo tal vez uno de los conciertos para piano de Mozart. Pero si le parece, encienda un cigarrillo para aplacar las preguntas que ya estará haciéndose y prosiga la lectura, sin decir nada, en el más absoluto silencio. Observe a la ramera como teje pundonorosa, después, regrese, se lo pido, a esta carta que tiembla en sus manos con justo motivo. La caligrafía desconocida de este amigo de la familia, cuya identidad jamás llegará a saber, permite a usted asegurarle, con el respeto que su persona merece, la verdad de lo que sigue. Se ha visto a su esposa, en repetidas oportunidades, por el sector de Alameda con San Antonio, invitando a sórdidos lustrabotas que, luego de unas palabras de comercio, han ido tras ella con la sonrisa sin dientes y desenmascarada de la complicidad. Usted, caballero, al mirarla como todos los días, no descubrirá a esta otra mujer que permanece sofocada en su peinado de peluquería, impune como un cisne, enjoyada en una falsa existencia, mientras el tejido aumenta y disminuye en esas manos ociosas, de unas bonitas uñas pintadas de rojo, prisionera de su otra vida que ella, a espaldas suyas, ha poblado de suciedades e, incluso, de cicatrices, que deben haberla estremecido de felicidad. Le aconsejo, desde ya, no dejarse arrastrar por la indignación y continúe sabiendo de esta carta. Si me permite un sano consejo, esconda en la memoria cada palabra que está leyendo y, en nombre de la paz conyugal, que de seguro reina en la casa, destruya esta misiva al término y arrójela al fuego de la chimenea. Simule usted que prosigue escuchando a Mozart, en la grata molicie después de cenar, su señora persevera distante en la labor a crochet, su hijo, entretanto, yace preocupado aún de resolver el crucigrama. Beba tranquilamente otro sorbo de la infusión de yerbas, aunque, desde ahora, sin decir una sola palabra a nadie, observe con detención cada movimiento de ella y vigile sus pasos, señor. Desconfíe de esta mujer que bosteza al frente, capaz de transformarse para siempre en una cualquiera, si es que no está a punto de serlo, en consecuencia, hágala seguir cuando sale a la calle. Ella no dedica las tardes a repartir ropa vieja entre los pobres como dice. Bien se investigue, descubrirá de bruces la visión intolerable del mal, en que comprobará que ese cuerpo de maniquí, depilado y albo, se entrega a la usurpación de unas manos ruines.

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04 junio 2008

COSTAMAGNA EN LIBROS DE MENTIRA

Un vigor poético tiene la prosa de Alejandra Costamagna, periodista de 38 años que irrumpió en la literatura con la novela ganadora de los Juegos Florales ‘Gabriela Mistral’ en 1996, “En voz baja”.
Convocada por los periodistas Gabriel Oyarzún y Luis Cruz para darle forma al proyecto de Libros de mentira, una biblioteca virtual o librería virtual que prefiero considerar libros virtuales, Alejandra Costamagna ya fue reseñada.
Lo que sigue es una reseña de Alejandra Costamagna de una de las tantas obras de un poeta imperdible llamado Claudio Bertoni, a la que, sin embargo, le imprime un tono, un ritmo y se vale de un lenguaje que hace del género periodístico un trascendido en un pequeño hermoso objeto literario.
Tomo la reseña del número de septiembre del 2002 de la Revista de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile.

Bertoni en el jardín
Claudio Bertoni vive solo en un pueblo junto al mar, compra el pan por las mañanas, no gasta en bencina ni en tarjetas de crédito, no paga cuotas mensuales de nada, se alimenta con moderación, no bebe alcohol ni fuma cigarrillos y, de hallarse en la Roma antigua, seguro que la dicha lo llevaría a reposar lejos de ocupaciones, como la primitiva raza de los mortales, libre de toda usura, recolectando los frutos de su jardín con la prudencia del sabio. Bertoni tiene hoy la exacta edad que tenía Horacio al morir y sabe, como el poeta romano, que la vida es breve y que mientras habla se le está escapando, envidioso, un trozo de vida. Quizás por eso su diálogo con los clásicos sea tan fecundo y delicado. Quizás por eso también su mirada en el presente asome tan resuelta. Bertoni da el mínimo crédito al porvenir y observa el mundo con el mismo gesto con que otros tragan aire, como si sus ojos fueran dos pulmones voraces.
El tiempo, la vida, el amor, los afectos: todo se acaba. Sólo quedan, para consuelo de consuelos, las mujeres. La cabeza del poeta las retiene infinitamente y gracias a eso respira. Pero los efectos del Ravotril a veces son más fuertes y por las mañanas lo extravían en sus ecos trillados. Entonces Bertoni se busca en todos los rincones posibles: en la agüita de menta, en las manos gastadas de la cajera del almacén, en el retrato de esa primera mujer, la que no sabía gritar, en las imágenes difusas de nalgas y calzones, hasta en sus cunetas de infancia se busca exhausto. Que alguien me salve, murmura, aúlla, y milagrosamente aparecen un cuellito, una orejita, una guatita, una tetita (“es que si no usamos el diminutivo ahora/ que estamos vivitos y coleando unos/ y vivitos y culiando los más afortunados/(...) ¿¡cuando!?”), un pedacito de mujer que siempre termina por salvarlo. Bertoni le habla a la grabadora de bolsillo y deposita sus disquisiciones y soliloquios internos. Así va armando este libro: con la intemperancia de los enamorados y la diligencia de los espías.
Jóvenes buenas mozas registra los devotos ejercicios de observación practicados durante los últimos años por el autor de El cansador intrabajable. Mirar como un oficio, como el de vivir, como una manía, con la vertiginosa conciencia de la fugacidad. Se trata de una serie de textos protagonizados irrestrictamente por muchachas vistas y seguidas en la calle. Chicas de quince, de veinte o de cuarenta (aunque, seamos sinceros, el peak de Bertoni está en los jumper de dieciséis). En estos escritos figuran –con carácter epigramático en la mayoría de los casos– colegialas, universitarias, ciudadanas comunes y corrientes, las tres Marías, una chilena morena y borrosa, las tres Gracias, una rubia en el Metro quitándose el suéter, chiquillas piadosas, huesuditas inalcanzables, minifaldas, pezones, mejillas pudorosas, culos malos, culos distantes, culos lejanos, culos altos, culos tiernos, culos interiores, culos peludos, culos redondos (culos cual molinos de creacionista) y un observador eternamente conmovido.
El protagonista de estos poemas es, claro está, un adicto a la belleza de las mujeres. Pero lo bello aquí admite erratas, porque la hermosura puede brotar de cualquier rincón. El canon de la perfección acá no corre. “estoy/ harto de/ todas esas/ negras de todas/ esas rubias de todas/ esas mulatas enfermas de/ maquilladas de los videoclips./ ¡Moviéndose/ como si murieran!”, alega en “Madera sin tallar”. El empacho, sin embargo, no dura demasiado. Bertoni se vale entonces de la piel de estas buenas mozas para gritar su deseo en silencio: “se sientan/ en los asientos de atrás/ como si fueran diosas/ y apenas son hijas/ del huevón que va manejando”, postula en el texto que da título al libro. Y luego suscribe casi con rabia en “Inocente”: “cree que su polerita blanca es inocente/ cree que sus blullines son inocentes/ cree que su caminadita/ con el cuellito estirado/ con los hombros echaditos para atrás/ y con el culito parado/ ¡son inocentes!/ Ella misma/ –la muy inocente–/ Se cree inocente”.
Hay un efecto perturbador en el gesto de Bertoni. Porque el autor no abandona completamente la perspectiva dolorosa que ha marcado su escritura. El goce de “Jóvenes buenas mozas” viene, como en otras ocasiones, hermanado con esa soledad tan triste que es la ausencia. Todo se pierde, todo acaba, todo muere. Desde su orilla reglamentaria el desasosiego urde sus muecas y advierte que esto es sólo una tregua. “Nadie con quien compartir/ esta hermosa mañana./ En vez de llorar de gusto/ dan ganas de llorar de pena”, es la sentencia de “Eremita”. La soledad y la ternura permanecen como péndulos atávicos en Bertoni y estos nuevos textos así lo reflejan: el poeta parece adorar tanto a las mujeres como su vida retirada. “Un lecho no triste y sin embargo casto”, diría el latino Marcial en el extremo.
“Hasta donde sé, Bertoni es una especie de hippie que vive a orillas del mar recolectando conchas y cochayuyos”, escribe Roberto Bolaño en un cuento de su libro Putas asesinas. Y aunque Bertoni nunca ha recogido un cochayuyo en su vida, la imagen del individuo en retiro no es del todo incierta. Seguro que de vez en cuando el poeta vislumbra alguna conchita en la playa y la lleva a su jardín de las delicias para escuchar las olas entre sus paredes. O para no estar tan solo. O quizás para estar solo, justamente. Porque él sabe bien que la soledad es más antigua que nosotros y porque sólo desde la soledad, amparado en sus epifanías interiores, puede liberar sus estoicos arrebatos circunstanciales: “debo irme de lo húmedo/ no quiero lamer una concha más en la vida/ no quiero tener ni siquiera lengua/ no quiero chupar a nadie más nunca./ Y no es por nada/ se trata simplemente de no mojarse de nuevo/ de no humedecerse de nuevo/ de no ser una cloaca de bofes jugosos de nuevo”, juega a zanjar en “Debo irme”.
Jóvenes buenas mozas es un libro de poemas. Pero es, como las anteriores creaciones del autor, una ventana abierta. Claudio Bertoni, uno de los poetas más hondos, confesionales e intensos de su generación, invita a los lectores, desde su codiciado e irrenunciable retiro, a contemplar el vértigo y el trance de quien tiene nociones de la belleza y del amor soberanamente claras y hoy viene a imponer sus peculiares condiciones: “Yo aceptaría el amor si fuera algo/ derecho y delgado, algo vertical y/ ascendente. Y seco, sobretodo seco./ Y por supuesto mudo”.

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02 junio 2008

LA BOLA DE CRISTAL

Vivía en otros tiempos una hechicera que tenía tres hijos, los cuales se amaban como buenos hermanos; pero la vieja no se fiaba de ellos, temiendo que quisieran arrebatarle su poder. Por eso transformó al mayor en águila, que anidó en la cima de una rocosa montaña, y sólo alguna que otra vez se le veía describiendo amplios círculos en la inmensidad del cielo. Al segundo lo convirtió en ballena, condenándolo a vivir en el seno del mar, y sólo de vez en cuando asomaba a la superficie, proyectando a gran altura un poderoso chorro de agua. Uno y otro recobraban su figura humana por espacio de dos horas cada día. El tercer hijo, temiendo verse también convertido en alimaña, oso o lobo, por ejemplo, huyó secretamente.
Se había enterado de que en el castillo del Sol de Oro residía una princesa encantada que aguardaba la hora de su liberación; pero quien intentase la empresa exponía su vida, y ya veintitrés jóvenes habían sucumbido tristemente. Sólo otro podía probar suerte, y nadie más después de él. Y como era un mozo de corazón intrépido, decidió ir en busca del castillo del Sol de Oro.
Llevaba ya mucho tiempo en camino, sin lograr dar con el castillo, cuando se encontró extraviado en un inmenso bosque. De pronto descubrió a lo lejos a dos gigantes que le hacían señas con la mano, y cuando se hubo acercado le dijeron:
–Estamos disputando acerca de quién de los dos ha de quedarse con este sombrero, y, puesto que somos igual de fuertes, ninguno puede vencer al otro. Como ustedes, los hombrecillos, son más listos que nosotros, hemos pensado que tú decidas.
–¿Cómo es posible que peleen por un viejo sombrero? –exclamó el joven.
–Es que tú ignoras sus virtudes. Es un sombrero milagroso, pues todo aquel que se lo pone, en un instante será transportado a cualquier lugar que desee.
–Venga el sombrero –dijo el mozo–. Me adelantaré un trecho con él, y, cuando llame, echen a correr. Lo daré al primero que me alcance.
Y calándose el sombrero, se alejó. Pero, llena su mente de la princesa, se olvidó en seguida de los gigantes. Suspirando desde el fondo del pecho, exclamó:
–¡Ah, si pudiese encontrarme en el castillo del Sol de Oro! –y no bien habían salido estas palabras de sus labios, se halló en la cima de una alta montaña, ante la puerta del alcázar.
Entró y recorrió todos los salones, encontrando a la princesa en el último. Pero, ¡qué susto se llevó al verla! Tenía la cara de color ceniciento, lleno de arrugas; los ojos turbios y el cabello rojo.
–¿Es usted la princesa cuya belleza ensalza el mundo entero?
–¡Ay! –respondió ella–, ésta que contemplas no es mi figura propia. Los ojos humanos sólo pueden verme en esta horrible apariencia; mas para que sepas cómo soy en realidad, mira en este espejo, que no yerra y refleja mi imagen verdadera.
Y puso en su mano un espejo, en el cual vio el joven la figura de la doncella más hermosa del mundo entero; y de sus ojos fluían amargas lágrimas que rodaban por sus mejillas. Le dijo entonces:
–¿Cómo puedes ser redimida? Yo no retrocedo ante ningún peligro.
–Quien se apodere de la bola de cristal y la presente al brujo, quebrará su poder y me restituirá mi figura original. ¡Ay! –añadió–, muchos han pagado con la vida el intento, y viéndote tan joven me duele ver el que te expongas a tan gran peligro por mí.
–Nada me detendrá –replicó él–, pero dime qué debo hacer.
–Vas a saberlo todo –dijo la princesa–: Si desciendes la montaña en cuya cima estamos, encontrarás al pie, junto a una fuente, un salvaje bisonte, con el cual habrás de luchar. Si logras darle muerte, se levantará de él un pájaro de fuego, que lleva en el cuerpo un huevo ardiente, y este huevo tiene por yema una bola de cristal. Pero el pájaro no soltará el huevo a menos de ser forzado a ello, y si cae al suelo se encenderá y quemará cuanto haya a su alrededor, disolviéndose él junto con la bola de cristal, y entonces todas tus fatigas habrán sido inútiles.
Bajó el mozo a la fuente y en seguida oyó los resoplidos y feroces bramidos del bisonte. Tras larga lucha consiguió traspasarlo con su espada, y el monstruo cayó sin vida. En el mismo instante se desprendió de su cuerpo el ave de fuego y emprendió el vuelo; pero el águila, o sea, el hermano del joven, que acudió volando entre las nubes, se lanzó en su persecución, empujándola hacia el mar y acosándola a picotazos, hasta que la otra, incapaz de seguir resistiendo, soltó el huevo. Pero éste no fue a caer al mar, sino en la cabaña de un pescador situada en la orilla, donde en seguida empezó a humear y a despedir llamas. Se elevaron entonces gigantescas olas que, inundando la choza, extinguieron el fuego. Habían sido provocadas por el hermano, transformado en ballena, y una vez el incendio estuvo apagado, nuestro doncel corrió a buscar el huevo, y tuvo la suerte de encontrarlo. No se había derretido aún, pero, por la acción del agua fría, la cáscara se había roto. Así el mozo pudo extraer, indemne, la bola de cristal.
Al presentarse con ella al brujo y mostrársela, dijo éste:
–Mi poder ha quedado destruido y desde este momento tú eres rey del castillo del Sol de Oro. Puedes también desencantar a tus hermanos, devolviéndoles su figura humana.
Corrió el joven al encuentro de la princesa y, al entrar en su aposento, la vio en todo el esplendor de su belleza y, rebosantes de alegría, los dos intercambiaron sus anillos.
Autor Anónimo

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31 mayo 2008

ESCRITORES EN LIBROS VIRTUALES

Por ahora es un mancha de tinta negra sobre la que se lee: Estamos trabajando. Es lo que uno encuentra aquí, al acceder a la que será una biblioteca de libros virtuales.
Será, porque por ahora “estamos trabajando”. Pero esto no quiere decir que no se sepa lo que va a ocurrir. Lo que va a ocurrir es lo siguiente:
Varios escritores pondrán sus trabajos inéditos en esa librería, en la que, literalmente, pese ser virtualmente, podrá ver los lomos de los libros en los estantes, sacar un ejemplar y abrirlo para leer.
Libros de mentiras, pero de verdad. Una biblioteca a tono con los tiempos de los desarrollos informáticos y de conectividad. Gracias a esta tecnología, muchos jóvenes sin capacidad para comprar ciertos libros podrá leerlos gratis.
Y no hablo de “librería virtual”, porque de éstas hay varias, como esta, o esta otra, o esta tercera, entre muchas, que usan exactamente esa expresión.
La genial idea es de los periodistas Luis Cruz y Gabriel Oyarzún, con el mecenazgo de Camilo Marks y la Universidad de Santiago.
¿Quiénes inauguran el índice de la biblioteca virtual?
Alejandra Costamagna
Germán Marín
Sonia González
Alejandro Zambra
Ramón Díaz Eterovic
Rafael Gumucio
Pía Barros
Diego Muñoz Valenzuela
Carlos Tromben
Roberto Fuentes
Sergio Gómez
Patricio Jara

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27 mayo 2008

MUERE SYDNEY POLLACK

Me entero de la muerte de Sydney Pollack. El coloso. Director, actor, productor. Director. Me vienen a la mente dos trabajos suyos. Sin duda, Tootsie. Muy comentada por el trasvestismo de Dustin Hoffman. Esa actuación le valió un Globo de Oro y la candidatura al Óscar.
Eso fue lo primero.
Sydney Pollack, con aspecto de professor universitario, dirigió La intérprete, Sketches of Frank Gehry, Random Hearst, Sabrina, The firm, Habana, Memorias de África, Tootsie, Ausencia de malicia, El jinete eléctrico, Bobby Deerfield, The Yakuza, Los tres días del Cóndor, Tal como éramos, Jeremiah Johnson, They shoot horses, don’t they?, Castle Keep, The swimmer, The sacalphunters, Propiedad condenada y The slender thread.
Con Memorias de África ganó el Óscar a la Mejor Película y Dirección en 1985. Actuaron Robert Redfordy Merryl Streep.
El segundo trabajo de Sydney Pollack que se me vino a la mente fue Sketches of Frank Gehry. O, Bocetos de Frank Gehry. O, Bosquejos de Frank Gehry.
El arquitecto Frank Gehry es el creador del Guggenheim Bilbao, en España.
Sus bosquejos son una sola línea que revolotea en todas direcciones, formando cuadrados de puntas romas, como estructuras de hielo. Las hace mientras quien lo contrata le dice qué es lo que quiere. Frank Gehry no hace más bocetos. Esos que garabateó delante del “cliente” reflejan lo que, después, se verá en la realidad volumétrica.
Lo que me encantó de esta película es que constituye toda una clase de qué es y cómo se hace un documental. La película de Frank Gehry es un documental. Un documental sobre Frank Gehry, el arquitecto de esa cosa monumental del modernismo que es Guggenheim Bilbao.
Entonces, Sydney Pollack, cámara en mano, una cámara pequeña, elemental, de principiante, es quien hace las entrevistas y las magníficas tomas. Y realizó este documental siendo un robusto Sydney Pollack de respeto. Y tal la calidad, sabiéndose el tema arquitectónico y los recursos técnicos de que se valió, que mereció atención especial en el Festival de Cannes.
Sydney Pollack, un hombre sencillo con su aspecto de profesor universitario… ¡Un genio!

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26 mayo 2008

TRES AUTORES CHILENOS EN EL CINE

Nos llegan noticias de tres chilenos en el cine. Dos de ellos a partir de libros que escribieron. Y uno de éstos que vendió sus derechos de autor para que la obra fuera una serie de televisión, con la calidad del cine, como la brasileña Mandrake y la mexicana Capadoccia, emitidas por HBO.
Este último caso es el del connotado economista Sebastián Edwards, que entre asesorías en corporaciones, el Fondo Monetario Internacional y algunos gobiernos tuvo tiempo para escribir una novela vertiginosa titulada El misterio de las Tanias.
La realización tiene el sello exitoso de Ross Film, la misma productora del exitosísimo sitcom franquisiado Casado con hijos, que sentó un alto precedente para la comedia chilena en televisión. Es probable que esta serie pueda negociarse para ser transmitida por HBO.
El otro libro que se volvería película es el del más importante narrador chileno del momento, Roberto Ampuero. Y con esta afirmación no me refiero al boom que está teniendo por estos días la obra del extinto Roberto Bolaño.
Lo de Roberto Ampuero es Nuestros años verde olivo.
Y por último, el tercer autor en las mieles de la buena ventura es Pablo Larraín, éste sí cineasta, dado a conocer en el 2006 con Fuga, la locura de un músico genial, poco valorada entonces.
Larraín vuelve con Tony Manero, que recuerda claramente los años setentas con el salto a la fama de John Travolta, encarnado ese personaje en Fiebre de sábado en la noche.
Las referencias de Tony Manero son, nada menos, que de Le Monde:
“Un gran film antiimperialista, con el formidable Alfredo Castro”, y de The Times:
“Una película con una maravillosa premisa: un sicópata cuya obsesión por la música disco y por Travolta lo lleva a brutales asesinatos”.
Hay que precisar un poco lo de The Times, porque no es la obsesión por Travolta, sino, justamente, por el personaje, por Tony Manero, de donde deriva el título la película.

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21 mayo 2008

21 DE MAYO EN CHILE

Hoy es un día festivo en Chile. Se conmemora el combate naval de Iquique. Esta gesta puso en la historia al capitán de fragata Arturo Prat, héroe nacional.
Ese acontecimiento fue el clímax de las desavenencias entre Perú y Chile. Para Perú ha sido, desde entonces, una deshonra el haber perdido en aquel combate su buque de guerra Huascar.
Hoy, ese barco es admirado por los turistas en el puerto chileno de Talcahuano, en la Octava Región (o Región del Bío Bío, según la nueva denominación).
El Combate Naval de Iquique es recordado con un evento ligado a la vida política nacional: la cuenta pública presidencial.
Todos los 21 de mayo el Presidente de turno usa la tribuna del Parlamento reunido en pleno para decirle al país lo que piensa hacer y lo que ha hecho. Rinde cuentas.
Para los partidos políticos el 21 de mayo es muy significativo. Para la oposición, para “medir” al Presidente y al Gobierno, y para los oficialista para defender lo actuado.
En Chile, la oposición está compuesta por dos grandes partidos. Uno es la Unión Demócrata Independiente, conocido popularmente como UDI, y Renovación Nacional es el otro.
Estos dos partidos se han aliado y forman la Alianza por Chile, llamada solamente Alianza, y es hoy la férrea oposición al gobierno de Michelle Bachelet.
Por su parte, los oficialistas están aliados también, y forman la Concertación.
En la Concertación están el Partido Socialista (PeeSe)al que pertenece la presidenta Michelle Bachelet), Partido Radial, Partido Por la Democracia (comúnmente llamado PePeDe) y Democracia Cristiana (DeCe), principalmente.
En este momento, aunque es un poco prematuro hablar de esto, son presidenciables: Ricardo Lagos del PPD, Sebastián Piñera de la Alianza, Soledad Alvear de la DC y José Miguel Insulza del PS.
También hoy, la presidenta Michelle Bachelet dijo en su cuenta pública desde el Parlamento que Chile va bien en lo económico y avanza sin tregua en lo social, la Concertación la respaldó y la Alianza dijo que todo era palabrería.
La celebración histórica, sin embargo, subyace en medio de la coyuntura, o “la contingencia”, como se dice acá.
Y la celebración es lo que narra la Armada de Chile sobre los acontecimientos del 21 de mayo de 1879, cuando Perú y Chile decidieron enfrentarse.
“Como si el destino quisiera dejar imborrablemente marcado este día para las Glorias de Chile, en la rada de Iquique se reunieron cinco buques peruanos con cuyas iniciales se formó la palabra CHILE: Covadonga, Huáscar, Independencia, Lamar y Esmeralda.
“En el buque peruano Huáscar al avistarse los buques chilenos se izó una gran bandera de combate, lo que se imitó en Independencia. El comandante peruano Grau reunió su gente y los arengó:
“Tripulantes del Huáscar: ha llegado la hora de castigar al enemigo de la Patria y espero que lo sabréis hacer, cosechando nuevos laureles y nuevas glorias dignas de brillar al lado de Junín, Ayacucho, Abtao y 2 de Mayo. Viva el Perú!”.
A su turno, “Arturo Prat rápidamente se vistió para el combate, ciñéndose la espada al cinto y subiendo a cubierta, ordenando al contador Juan Oscar Goñi que arrojara al mar, en un saco, la correspondencia, para asegurar que no cayera en manos enemigas.
“Ordenó izar las señales “reforzar las cargas”, “venir al habla” y “seguir mis aguas”.
“Mientras la Esmeralda viraba hacia tierra, Prat ordenó tocar “atención” y arengó a su tripulación con estas palabras, jamás olvidadas por ninguna generación de chilenos:
Muchachos:
La contienda es desigual, pero, ánimo y valor. Nunca se ha arriado nuestra bandera ante el enemigo y espero que no sea ésta la ocasión de hacerlo. Por mi parte, os aseguro, que mientras yo viva, esa bandera flameará en su lugar y si yo muero, mis oficiales sabrán cumplir con su deber
.
Cuenta la Armada de Chile que “sacándose la gorra, Arturo Prat la batió en el aire gritando “Viva Chile!”, lo que la tripulación respondió con gritos similares, que rompieron el silencio solemne que inundaba la bahía y que llegó a los asombrados peruanos que miraban desde el anfiteatro natural del puerto.
“Prat ordenó a Carlos Condell mantenerse en baja profundidad y al transporte Lamar que abandonara la bahía y se dirigiera al sur.
“A la orden de Prat, el Corneta Gaspar Cabrales tocó “romper el fuego” y “al ataque”, lo que fue celebrado con vivas a Chile.
“Los buques chilenos concentraron su fuegos sobre el Huáscar, sin causarle daño, al rebotar los proyectiles en la coraza del buque peruano.
“Los movimientos efectuados por la Esmeralda hicieron que se reventaran sus calderas y por lo que el buque quedó con un andar reducido a poco más de dos nudos.
“Considerando lo anterior, Arturo Prat puso su buque cerca de la playa, de manera que los disparos del Huáscar pusieran en peligro a la población, lo que obligaría a disparar con cuidado y por elevación, dificultando su puntería.
“Había pasado más de una hora de combate y los buques no presentaban daños considerables. La Independencia abandonó su lugar y se dirigió a presentar combate a la goleta Covadonga, la que empezó a navegar hacia el sur.
“Un proyectil del Huáscar la atravesó, destrozando la base del palo trinquete e hiriendo fatalmente al cirujano Pedro Segundo Regalado Videla y matando instantáneamente al mozo Felipe Ojeda.
“Observado desde tierra el movimiento de Condell, el General Juan Buendía, autoridad militar peruana del puerto, dispuso que lanchas con tropas de fusileros hicieran fuego sobre la goleta, la que abandonó el puerto sin mayores consecuencias.
“En este momento el combate se divide en dos: uno entre el Huáscar y la Esmeralda, y el otro entre la Independencia y Covadonga…
“El General Juan Buendía hizo traer a la playa cuatro cañones Krupp de campaña, que instaló en un morrito que enfrentaba a la Esmeralda para cañonearla desde tierra, cruzando sus fuegos con los del Huáscar.
“La situación se tornó insostenible y Prat resolvió ubicarse en otro lugar de la bahía, lo que efectuó con mucha dificultad, porque sus máquinas no respondían.
“Una granada del Huáscar penetró por el costado de babor haciendo explosión, cerca de la línea de agua y provocando un incendio.
“El comandante peruano Grau enfiló el Huáscar hacia la Esmeralda, y dando toda fuerza a sus máquinas se lanzó sobre ella para espolonearla por babor.
“Prat en la Esmeralda trató de esquivar con su poco poder de máquinas disponible, logrando parcialmente su objetivo, y recibió de refilón la embestida a la altura del palo mesana, sin daños en su casco.
“Al chocar ambos buques el Huáscar disparó sus cañones de diez pulgadas a quemarropa, produciendo una matanza espantosa de la gente que se encontraba en la cubierta de la corbeta Esmeralda.
“No hay datos fidedignos; pero puede afirmarse que quedaron despedazados entre cuarenta y cincuenta marineros y soldados.
“El espolonazo del Huáscar, a su vez, fue recibido con una descarga de las baterías de la Esmeralda y por fuego de fusilería desde todos lo lugares, lo que no causó mayor daño.
“El Comandante Prat, al ver a sus pies la cubierta del monitor gritó:
“Al abordaje muchachos!”
“En medio del estruendo solo fue oído por el sargento Juan de Dios Aldea Fonseca y el marinero Luis Ugarte.
“El Corneta Gaspar Cabrales que tocaba “al ataque”, fue acribillado por la metralla enemiga.
“Arturo Prat alcanzó a llegar cerca de la torre blindada de mando, donde fue alcanzado con una bala que lo puso de rodillas. Un marinero salió a cubierta, disparándole un balazo en la frente que le produjo la muerte instantánea.
“El cabo Crispín Reyes, al ver que el corneta Cabrales había sucumbido, tomó el instrumento y siguió tocando “al ataque”, hasta que una granada le voló la cabeza. Entonces tomó la corneta el grumete Pantaleón Cortés, quien continuó tocando hasta que el buque se hundió.
“En la Esmeralda, hubo reunión de oficiales, y después de un breve lapso se vio que un hombre subía al palo mesana.
“La tripulación sobreviviente miraba con expectación esa maniobra, pero grandes vivas a Chile resonaron en la bahía cuando el hombre empezó a clavar las drizas de las banderas, pues significaba que se lucharía hasta la muerte.
“Grau decidió espolonear nuevamente al Esmeralda, lanzándose a toda velocidad sobre ella, ahora por el costado de estribor y el buque quedó sin gobierno y sin más municiones que las que había en cubierta.
“Nuevamente los cañones del Huáscar disparados a tan corta distancia destrozaron a la tercera parte de la tripulación sobreviviente. La corneta seguía tocando su llamada bélica en aquel sepulcro flotante, para indicar que el buque no se rendía.
“El teniente Ignacio Serrano Montaner, en el momento en que los dos buques se encontraban juntos, saltó al abordaje, seguido por doce marineros con rifles y machetes, y fueron recibidos con una lluvia de balas.
“Esmeralda se encontraba en medio de la bahía, hundiéndose lentamente.
“Pasaron alrededor de veinte minutos cuando el Huáscar se precipitó otra vez sobre la corbeta Esmeralda. Esta vez el espolón se clavó en el medio del casco, por estribor.
“La corbeta comenzó a hundirse de proa, luciendo todas sus banderas, como si quisiera despedirse de la superficie con toda dignidad.
“A medida que el buque se inclinaba y rodaban como aluvión las cureñas, los rifles, los muertos y moribundos, el guardiamarina Ernesto Riquelme Venegas, gritando vivas a Chile disparaba el último cañonazo.
“A las doce horas y diez minutos el corneta Pantaleón Cortés y Esmeralda hallaron su tumba en el mar. De los ciento noventa y ocho tripulantes sólo sobrevivieron cincuenta y ocho.
“Lo último que desaparece en las aguas es el pabellón chileno.
“El sacrificio de Arturo Prat y la tripulación de la corbeta Esmeralda permitió que el convoy transportando 2.500 hombres, enviados a Antofagasta, pudieran llegar a salvo a su destino para abastecer al ejército chileno en campaña.
“Días después, cuando se conocieron estos hechos, Chile entero se alzó orgulloso y satisfecho.
“Los mártires de Iquique dejaban señalado el camino de la victoria; cada chileno se sintió comprometido con el sacrificio de los héroes y comprendió que había que seguir la ruta de la entrega total al servicio de la Nación en guerra.
“Lo más importante de este combate es que inflamó el espíritu patriota de los chilenos y reforzó la norma iniciada por lord Thomas Cochrane y cumplida hasta la fecha: pelear contra el enemigo para “Vencer o morir”.
“Este hecho de armas creó una mística que acompañó a las fuerzas chilenas durante toda la guerra, que permitió lograr la victoria final, a pesar de los inmensos sacrificios y penurias soportadas por nuestras tropas.
“Se puede decir con propiedad que en Iquique se ganó la Guerra del Pacífico”.

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23 abril 2008

DIOS Y LA NADA QUE NOS DEVORA

Sin pudores, Madre de todas las dudas, de Cristián Warnken. Encuentro ahí la dulce contradicción que tortura, entre la fe y el vacío, a mitad de camino entre la seguridad de aquello que no vemos y la duda sobre todo lo que vemos. Cristián Warnken declara su necesidad de Dios, más allá de su vacío. Aún en la ausencia y la duda. Cierto desgarramiento:
Madre Teresa de Calcuta: estoy en una iglesia vacía, de la que se han retirado todos los fieles. El silencio aquí se puede tocar, y rezo y lloro a los pies del crucificado. Lloro lágrimas de sangre, pero no siento a Dios en mí. Y pienso en ti, que dijiste: “En mi alma siento ese terrible dolor de la pérdida, de que Dios no me quiere, que Dios no es Dios, y que él realmente no exista”. ¡Tú lo dijiste! ¡Tú, que para millones –incluso ateos– fuiste una de las pocas pruebas de la presencia de Dios en la Tierra! Tú, la que encandilaste con tu luz propia a los más escépticos en un siglo de sombras, escribiste en tus diarios íntimos: “¡Si ustedes tan sólo supieran la oscuridad en que me encuentro sumida!”.
Tú, que habías escuchado la voz de Jesús decirte, mientras viajabas en tren a Darjeeling, en 1949: “¿Te rehusarás?”, tú sentiste el rechazo, el abandono de aquel al que tú le entregaste toda una vida. ¿Por qué? Hoy sabemos, al leer por primera vez tus cartas hasta ahora inéditas, que durante 50 años no sentiste nada, que hasta tu muerte, el alma de la más grande santa del siglo XX, “la santa de las alcantarillas”, de los leprosos, de los sufrientes, fue “un cubo de hielo”. Dudaste de la existencia de Dios hasta desangrarte por dentro.
Estoy solo en esta iglesia vacía. Afuera está lleno de gente, de voces, de sonidos, de furia, y el vacío del mundo es más desolador que el que siento acá dentro. Pero no siento a Dios conmigo. Y lloro lágrimas de sangre, y pienso en ti, Madre Teresa de Calcuta, que con estas cartas te has convertido en la santa de los que dudan, de los que –como yo– buscan a Dios desesperadamente, con avidez, con “glotonería”, pero sólo reciben un pan duro o piedras. Piedras de los que tienen fe y no dudan, piedras de los que hablan de Dios con soberbia, acorazados en sus púlpitos sin grietas. ¡Y hay una flor, la más resistente de todas, la más delicada, que crece entre las grietas! Pero a veces sólo veo piedras sobre piedras, iglesias vacías por dentro, y Dios, ahí, ¿dónde estuvo?
Y Él, que está ahí en la cruz, ¿no dudó también, antes de expirar? ¿No dijo acaso: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”? ¡Él lo dijo! Él, a cuyos pies lloro lágrimas de sangre. Y muchos de los que se llenan la boca con su nombre ya no saben llorar, ya no saben dudar, ya no saben perdonar.
La iglesia está vacía. Amo las iglesias vacías, su silencio en el que se escucha con más claridad la ausencia de Dios. Entonces, en esa ausencia, entiendo que mi duda radical no es un capricho ni un pecado ni un orgullo deplorable. No, a veces siento que alguien recoge mi duda y la acuna y la ama, como un tesoro. Duda: refugio contra la fe fácil, contra el Dios anestesiante, contra la retórica y la rutina de muchos fieles y ministros que han gastado la palabra Dios hasta hacerla una palabra más... ¡Una palabra más, cuando se supone que era la palabra!
En cambio, Madre Teresa, santa de los que dudan, cuando escucho la palabra “Dios” de tus labios, tiemblo y caigo de rodillas y rezo, para sentir hasta el fondo la ausencia de Dios, que es, tal vez, el único templo donde Dios está todavía.
Madre Teresa: tú cuidaste a los leprosos, les lavaste sus heridas, los acompañaste en su sufrimiento inútil en largas noches de desvelo. Ahora vengo a pedirte que hagas lo mismo con los que tenemos la lepra de la duda, los que hemos negado a Jesús tres veces, los que soñamos con un Dios escondido mejor que el Dios sobreexpuesto de estos días. Sé tú nuestra madre, madre de la duda sagrada, acompáñanos en esta lucha codo a codo con esta nada que nos devora. Para que podamos decir algún día, contigo: ¡Benditos los que dudan, que de ellos también será el reino de los cielos!

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08 abril 2008

RAY BRADBURY ES CIENCIA FICCIÓN

La de Ray Bradbury es otro tipo de ciencia ficción, distinto del de Philip K. Dick. Con sus Crónicas marcianas se instala, en los años 50 del siglo pasado, en el género que algunos pondrán en duda que realmente lo cultive, al punto que dicen que lo suyo no es, definitivamente, ciencia ficción. Sin embargo, en la lista de autores, junto a Isaac Asimov y Philip K. Dick tendrá que escribirse Ray Bradbury. Los siguientes, son dos de sus textos breves.

La costa
Marte era una costa distante y los hombres cayeron en olas sobre ella. Cada ola era distinta y cada ola más fuerte. La primera ola trajo consigo a hombres acostumbrados a los espacios, el frío y la soledad; cazadores de lobos y pastores de ganado, flacos, con rostros descarnados por los años, ojos como cabezas de clavos y manos codiciosas y ásperas como guantes viejos. Marte no pudo contra ellos, pues venían de llanuras y praderas tan inmensas como los campos marcianos. Llegaron, poblaron el desierto y animaron a los que querían seguirlos. Pusieron cristales en los marcos vacíos de las ventanas, y luces detrás de los cristales.
Esos fueron los primeros hombres.
Nadie ignoraba quiénes serían las primeras mujeres.
Los segundos hombres debieran de haber salido de otros países, con otros idiomas y otras ideas. Pero los cohetes eran norteamericanos y los hombres eran norteamericanos y siguieron siéndolo, mientras Europa, Asia, Sudamérica y Australia contemplaban aquellos fuegos de artificio que los dejaban atrás. Casi todos los países estaban hundidos en la guerra o en la idea de la guerra.
Los segundos hombres fueron, pues, también norteamericanos. Salieron de las viviendas colectivas y de los trenes subterráneos, y después de toda una vida de hacinamiento en los tubos, latas y cajas de Nueva York, hallaron paz y tranquilidad junto a los hombres de las regiones áridas, acostumbrados al silencio.
Y entre estos segundos hombres había algunos que tenían un brillo raro en los ojos y parecían encaminarse hacia Dios...

Cuento de Navidad
El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque pasaba unos pocos kilos del peso máximo permitido y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando éstos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.
–¿Qué haremos?
–Nada, ¿qué podemos hacer?
–¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!
La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.
–Ya se me ocurrirá algo –dijo el padre.
–¿Qué...? –preguntó el niño.
El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer “día”. Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:
–Quiero mirar por el ojo de buey.
–Todavía no –dijo el padre–. Más tarde.
–Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.
–Espera un poco –dijo el padre.
El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.
–Hijo mío –dijo–, dentro de medía hora será Navidad.
La madre lo miró consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.
–Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron.
–Sí, sí. todo eso y mucho más –dijo el padre.
–Pero... –empezó a decir la madre.
–Sí –dijo el padre–. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.
Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
–Ya es casi la hora.
–¿Puedo tener un reloj? –preguntó el niño.
Le dieron el reloj, y el niño lo sostuvo entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el momento insensible.
–¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
–Ven, vamos a verlo –dijo el padre, y tomó al niño de la mano.
Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.
–No entiendo.
–Ya lo entenderás –dijo el padre–. Hemos llegado.
Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.
–Entra, hijo.
–Está oscuro.
–No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.
Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.
–Feliz Navidad, hijo –dijo el padre.
Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.

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02 abril 2008

ADOLFO BIOY CASARES Y LA FARMACOPEA

Con Jorge Luis Borges hizo Adolfo Bioy Casares la dupla oculta bajo el seudónimo de Honorio Bustos Domecq, escritor policial. Adolfo Bioy Casares se casó con Silvina Ocampo, hermana de Victoria Ocampo, escritoras ellas. Obtuvo el Premio Cervantes en 1990, y desarrolló el género fantástico, como se verá. La invención de Morel y Diario de la guerra del cerdo, son dos de sus obras más conocidas.

Margarita o el poder de la farmacopea
No recuerdo por qué mi hijo me reprochó en cierta ocasión:
–A vos todo te sale bien.
El muchacho vivía en casa, con su mujer y cuatro niños, el mayor de once años, la menor, Margarita, de dos. Porque las palabras aquellas traslucían resentimiento, quedé preocupado. De vez en cuando conversaba del asunto con mi nuera. Le decía:
–No me negarás que en todo triunfo hay algo repelente.
–El triunfo es el resultado natural de un trabajo bien hecho –contestaba.
–Siempre lleva mezclada alguna vanidad, alguna vulgaridad.
–No el triunfo –me interrumpía– sino el deseo de triunfar. Condenar el triunfo me parece un exceso de romanticismo, conveniente sin duda para los chambones.
A pesar de su inteligencia, mi nuera no lograba convencerme. En busca de culpas examiné retrospectivamente mi vida, que ha transcurrido entre libros de química y en un laboratorio de productos farmacéuticos. Mis triunfos, si los hubo, son quizá auténticos, pero no espectaculares. En lo que podría llamarse mi carrera de honores, he llegado a jefe de laboratorio. Tengo casa propia y un buen pasar. Es verdad que algunas fórmulas mías originaron bálsamos, pomadas y tinturas que exhiben los anaqueles de todas las farmacias de nuestro vasto país y que según afirman por ahí alivian a no pocos enfermos. Yo me he permitido dudar, porque la relación entre el específico y la enfermedad me parece bastante misteriosa. Sin embargo, cuando entreví la fórmula de mi tónico Hierro Plus, tuve la ansiedad y la certeza del triunfo y empecé a botaratear jactanciosamente, a decir que en farmacopea y en medicina, óiganme bien, como lo atestiguan las páginas de “Caras y Caretas”, la gente consumía infinidad de tónicos y reconstituyentes, hasta que un día llegaron las vitaminas y barrieron con ellos, como si fueran embelecos. El resultado está a la vista. Se desacreditaron las vitaminas, lo que era inevitable, y en vano recurre el mundo hoy a la farmacia para mitigar su debilidad y su cansancio.
Cuesta creerlo, pero mi nuera se preocupaba por la inapetencia de su hija menor. En efecto, la pobre Margarita, de pelo dorado y ojos azules, lánguida, pálida, juiciosa, parecía una estampa del siglo XIX, la típica niña que según una tradición o superstición está destinada a reunirse muy temprano con los ángeles.
Mi nunca negada habilidad de cocinero de remedios, acuciada por el ansia de ver restablecida a la nieta, funcionó rápidamente e inventé el tónico ya mencionado. Su eficacia es prodigiosa. Cuatro cucharadas diarias bastaron para transformar, en pocas semanas, a Margarita, que ahora reboza de buen color, ha crecido, se ha ensanchado y manifiesta una voracidad satisfactoria, casi diría inquietante. Con determinación y firmeza busca la comida y, si alguien se la niega, arremete con enojo. Hoy por la mañana, a la hora del desayuno, en el comedor de diario, me esperaba un espectáculo que no olvidaré así nomás. En el centro de la mesa estaba sentada la niña, con una medialuna en cada mano. Creí notar en sus mejillas de muñeca rubia una coloración demasiado roja. Estaba embadurnada de dulce y de sangre. Los restos de la familia reposaban unos contra otros con las cabezas juntas, en un rincón del cuarto. Mi hijo, todavía con vida, encontró fuerzas para pronunciar sus últimas palabras.
–Margarita no tiene la culpa.
Las dijo en ese tono de reproche que habitualmente empleaba conmigo.

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29 marzo 2008

LA MANCHA HIPTÁLMICA

–¿Qué tiene esa pared?
Levanté también la vista y miré. No había nada. La pared estaba lisa, fría y totalmente blanca. Sólo arriba, cerca del techo, estaba oscurecida por falta de luz.
Otro a su vez alzó los ojos y los mantuvo un momento inmóviles y bien abiertos, como cuando se desea decir algo que no se acierta a expresar.
–¿P... pared? –formuló al rato.
Esto sí; torpeza y sonambulismo de las ideas, cuánto es posible.
–No es nada –contesté–. Es la mancha hiptálmica.
–¿Mancha?
–…hiptálmica. La mancha hiptálmica. Éste es mi dormitorio. Mi mujer dormía de aquel lado... ¡Qué dolor de cabeza!... Bueno. Estábamos casados desde hacía siete meses y anteayer murió. ¿No es esto?... Es la mancha hiptálmica. Una noche mi mujer se despertó sobresaltada.
–¿Qué dices? –le pregunté inquieto.
–¡Qué sueño más raro! –me respondió, angustiada aún.
–¿Qué era?
–No sé, tampoco... Sé que era un drama; un asunto de drama... Una cosa oscura y honda... ¡Qué lástima!
–¡Trata de acordarte, por Dios! –la insté, vivamente interesado. Ustedes me conocen como hombre de teatro…
Mi mujer hizo un esfuerzo.
–No puedo... No me acuerdo más que del título: La mancha tele... hita... ¡hiptálmica! Y la cara atada con un pañuelo blanco.
–¿Qué?...
–Un pañuelo blanco en la cara... La mancha hiptálmica
–¡Raro! –murmuré, sin detenerme un segundo más a pensar en aquello.
Pero días después mi mujer salió una mañana del dormitorio con la cara atada. Apenas la ví, recordé bruscamente y ví en sus ojos que ella también se había acordado. Ambos soltamos la carcajada.
–¡Si... sí! –se reía–. En cuanto me puse el pañuelo, me acordé...
–¿Un diente?
–No sé; creo que sí...
Durante el día bromeamos aún con aquello, y de noche mientras mi mujer se desnudaba, le grité de pronto desde el comedor:
–A que no...
–¡Sí! ¡La mancha hiptálmica! –me contestó riendo. Me eché a reír a mi vez, y durante quince días vivimos en plena locura de amor.
Después de este lapso de aturdimiento sobrevino un período de amorosa inquietud, el sordo y mutuo acecho de un disgusto que no llegaba y que se ahogó por fin en explosiones de radiante y furioso amor.
Una tarde, tres o cuatro horas después de almorzar, mi mujer, no encontrándome, entró en su cuarto y quedó sorprendida al ver los postigos cerrados. Me vio en la cama, extendido como un muerto.
–¡Federico! -gritó corriendo a mí.
No contesté una palabra, ni me moví. ¡Y era ella, mi mujer! ¿Entienden ustedes?
–¡Déjame! –me desasí con rabia, volviéndome a la pared.
Durante un rato no oí nada. Después, sí: los sollozos de mi mujer, el pañuelo hundido hasta la mitad en la boca.
Esa noche cenamos en silencio. No nos dijimos una palabra, hasta que a las diez mi mujer me sorprendió en cuclillas delante del ropero, doblando con extremo cuidado, y pliegue por pliegue, un pañuelo blanco.
–¡Pero desgraciado! –exclamó desesperada, alzándome la cabeza–. ¡Qué haces!
¡Era ella, mi mujer! Le devolví el abrazo, en plena e íntima boca.
–¿Qué hacía? –le respondí–. Buscaba una explicación justa a lo que nos está pasando.
–Federico... amor mío... –murmuró.
Y la ola de locura nos envolvió de nuevo.
Desde el comedor oí que ella –aquí mismo– se desvestía. Y aullé con amor:
–¿A que no?...
–¡Hiptálmica, hiptálmica! –respondió riendo y desnudándose a toda prisa.
Cuando entré, me sorprendió el silencio considerable de este dormitorio. Me acerqué sin hacer ruido y miré. Mi mujer estaba acostada, el rostro completamente hinchado y blanco. Tenía atada la cara con un pañuelo.
Corrí suavemente la colcha sobre la sábana, me acosté en el borde de la cama, y crucé las manos bajo la nuca.
No había aquí ni un crujido de ropa ni una trepidación lejana. Nada. La llama de la vela ascendía como aspirada por el inmenso silencio.
Pasaron horas y horas. Las paredes, blancas y frías, se oscurecían progresivamente hacia el techo... ¿Qué es eso? No sé...
Y alcé de nuevo los ojos. Los otros hicieron lo mismo y los mantuvieron en la pared por dos o tres siglos. Al fin los sentí pesadamente fijos en mí.
–¿Usted nunca ha estado en el manicomio? –me dijo uno.
–No que yo sepa... –respondí.
–¿Y en presidio?
–Tampoco, hasta ahora...
–Pues tenga cuidado, porque va a concluir en uno u otro.
–Es posible... perfectamente posible... –repuse procurando dominar mi confusión de ideas.
Salieron.
Estoy seguro de que han ido a denunciarme, y acabo de tenderme en el diván: como el dolor de cabeza continúa, me he atado la cara con un pañuelo blanco.
Horacio Quiroga

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07 abril 2006

ALTAMIRA

Estábamos a la mesa de la tienda, sin hablar, bebiendo café negro, aturdidos de silencios.
Mirábamos el resplandor de la plaza. En el reloj de la torre las manecillas revelaban una hora anacrónica.
Era mayo y la mañana tibia.
La mujer dijo algo desde detrás del mostrador, conversando a pedazos con alguno en la trastienda.
Un perro sin dueño ni destino atravesó el rectángulo de luz de la puerta. Después entró al cuadro un vejete de cabello níveo que se daba todo el tiempo para caminar.
El peso de la cabeza le había formado joroba y debía apoyarse en un bordón. Tardó en llegar a la puerta, y con gran esfuerzo subió al andén.
Entró y se detuvo en el contraluz: nos miró entre la niebla de sus ojos.
Dos pasos adentro habló, con una voz imposible para él. Tronó:
–Vengo de donde Luis Giraldo.
Doña Rosa bajó la frente.
–Allá tenemos a la pobre Margarita –agregó el achacoso.
Doña Rosa se santiguó.
–Que descanse en paz –susurró.
El antañón examinó: primero a ella, después a mí.
Salió de nuevo al resplandor de mediodía, y desapareció sin prisa en el silencioso rectángulo de la plaza.

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20 marzo 2006

AGONÍA

Con el nacimiento del hijo menor cultivó por el resto de su vida dudas sobre la fidelidad de su esposa.
En un último esfuerzo para no irse de este mundo con la fe perdida, pidió que los dejaran a solas.
Y la interrogó.
Obtuvo una respuesta casi airada:
–¿Cómo pudiste mantener semejante sospecha?
Ella entonces lo vio expirar.
Pero supo que se había equivocado: una pregunta jamás puede responderse con otra pregunta, porque queda flotando una doble duda.
Y comenzó su tormento.

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15 marzo 2006

EL ABUELO

El abuelo murió a los ochenta y ocho años jugando a las espadas. En casa de tía Lucila.
–¿Sabes las treinta y dos paradas? –le dijo a Julián.
Julián no le comprendió y le echó la culpa al calor de infierno que lo aturdía. Le dijo que no sabía eso de las treinta y dos paradas.
–¿Qué son "paradas", abuelo?
El viejo soltó una carcajada imposible para sus ochenta y ocho años. Le brilló la mirada y como furtivo corrió hasta su cuarto. Julián fue detrás.
–Ya te muestro –previno el abuelo, atareado en liberar un costal con apariencia de no contener algo, y que estaba atrapado contra la pared por unas monturas arrumadas por inservibles.
Allí inclinado, tirando de su presa, alguien que lo hubiera visto no hubiese podido asegurar que se trataba del abuelo, pensó después Julián. El viejo exhaló con fuerza, rubricando su logro, y dejó su carga sobre el catre.
–¿Sabes qué tengo aquí?
Julián quiso acertar, pero se contuvo de decirlo para evitar otra de sus carcajadas ofensivas. En todo caso al descargar el envoltorio oyó ruidos de metales.
–No, abuelo.
–¿Qué te imaginas? –y Julián imaginó una balanza de colgar, según las puntas que buscaban salir del saco; imaginó un trípode, pedazos del marco de una ventana; supuso por el sonido que también frenos de cabalgaduras; imaginó un raro aparato construido por el abuelo que solamente él sabría cómo utilizar.
–Cosas... –dijo al cabo, avergonzado de no poder ser más preciso.
–¿Cosas? –rezongó el abuelo.
–¡Ajá! Tengo aquí un tesoro y solo se te ocurre imaginar que son cosas. Cosas son las que tienes en esa cabezota –aleccionó el abuelo y soltó su carcajada.
La carcajada que Julián eludió de la mejor manera posible la sintió en el sonrojo que venía a sumarse a su congestión por el calor. Sudó de la pura vergüenza.
–Ahora, mira –agregó el viejo, con picardía, a tiempo de abrir de golpe la jeta del saco de costura ordinaria.
Allí había frenos y ronzales, cierto, pero lo esencial resultaron ser esos metales que se resistían a la humedad, sugiriendo el lustre de otros días.
El rostro del abuelo se iluminó todo el tiempo que estuvo mirando las armas, a punto de decir algo, sorprendido él también como de su hallazgo.
Julián miraba las espadas, los sables, pero además la expresión feliz del viejo fue lo que más le gusto.
Era un sábado en la hora del sol canicular. En el patio había cantos de aves y presencia de bichos y Julián disfrutaba sus vacaciones. Eran en premio por haber aprobado el segundo año de la secundaria. Las otras habían sido en Bogotá, en la casa la mayor parte, sin encantos. Ahora estaba en Florencia y todo era nuevo.
–Ya le va a llenar al niño la cabeza de cucarachas –irrumpió la tía Lucila. El abuelo hizo un gesto de capricho con el hombro.
–No son cucarachas –dijo, a su vez, el viejo, que pareció sobresaltado–. ¡Ustedes deben estar en la cocina! Las cosas de hombres las hacemos los hombres.
–No sea respondón –ordenó, casi, la tía Lucila.
A Julián le pareció un juego de palabras que resultaban como convenidas para divertirlo. Y sonrió cuando el abuelo la cortó para decirle, "¡A la cocina!", dando un golpe con el pie, como se ahuyentan los perros.
–¡Viejo pendejo! –exclamó la tía Lucila, bufando de la ira. Cruzó su obesidad por la puerta por la que, sin ellos darse cuenta, había aparecido un instante atrás, haciendo sonar las chalas.
Para cuando ya se había marchado, el abuelo hizo un ruido con la lengua entre los labios, adelantando la cabeza, con los carrillos inflados, como una larga y preocupante flatulencia. Julián se echó a reír, sin saber la gravedad de su risa a los oídos de tía Lucila, pero que tanta gracia hizo en el abuelo, que se dejó venir con otra carcajada.
Los tiempos no eran los mejores para el viejo en esa casa.
Tal vez fue el sometimiento a otras voluntades lo que le provocó ese ritmo descompasado del corazón en los últimos días. Después de todo para nadie es fácil aceptarse reducido de pronto a los caprichos de los otros, porque han pasado los almanaques y las vacas han enflaquecido sin apenas darse cuenta. Ya no hay finca, no quedan siembras, las bestias también se pusieron viejas y macilentas, y el dinero se esfumó con amigos bebiendo alcohol mientras hablaban tonterías y los convidaba a lo que fuera.
Eran los tiempos, pues. Pero ahora no puede dar órdenes a los hijos, porque crecieron, y hechos hombres levantaron familias, y las hijas encontraron un marido de lo mejor. Todos tienen sus hijos propios: la elipse que iba más allá, cada vez, o eso se creía, descendió en picada, y heme aquí.
–Con estas yo peleé –dijo el abuelo, después de varios minutos que se dio en apreciarlas de nuevo.
–Me batí como una fiera en la de los Mil Días –henchido de valor.
–En la así llamada Guerra de los Mil Días, muchacho.
Caballos al galope con los hollares hinchados y la pupila exaltada, gritos embravecidos o enloquecidos, prendas rasgadas, sudor, rostros ensangrentados, quejidos de muerte o de graves heridas, trompetas, pistoletazos, restallidos y estampidas, cascos azotando el planeta en mitad de la refriega: todas las imágenes posibles de que Julián era capaz asociar a una guerra antigua, se agolparon en su mente.
–¿Una gue-rra? –boquiabierto. Este hombre estuvo en una guerra, una guerra que duró mil días, y este hombre es mi abuelo, pensó en un instante.
El viejo había tomado dos de los aceros en mejor estado, le tendía uno a Julián y se aprestaba, en el encementado del patio, a dar aparente inicio a un duelo, como aquellos.
–Una guerra, ¡claro!, con pistolas y fistos, heridos y caballos. Una gue-rra –remató el abuelo, deletreando y a punto de soltar otra carcajada de blanquísimos dientes, como si fuera lo más corriente estar en una guerra.
–¡Qué guerra ni qué guerra! –Julián volteó a mirar a la tía Lucila que avanzaba llevando algo por el corredor, hacia la sala. Usted solo fue cocinero, un ranchero ¡y de lo peor!
Y siguió, como si hubiera dicho algo menor acerca del estado del tiempo. En los ojos del abuelo se adivinó el deseo de dejarla seca de un solo lance.
–¡Gorda pendeja! –lo oyó Julián responder con dientes trabados.
Con un gesto el abuelo indicó que las acciones se iniciaban. No había por qué hacerse mala sangre con estupideces de mujeres, si e