09 agosto 2008

La calle de las putas

Leo una buena nota de Patricio Jara sobre Hernán Rivera Letelier, el obrero pampino metido a literato, a causa del éxito de librerías de su más reciente novela, Mi nombre es Malarrosa, que protagoniza una muchacha que maquilla muertos.
Expresiones tan justas y visuales como que Hernán Rivera Letelier “escribe como si estuviera castigado: con el escritorio mirando hacia la pared”, la nota de Patricio Jara hace mirar un fenómeno conocido pero con el pampino criticado: que los escritores se pasan la vida entera escribiendo la misma novela.
Es una de las cosas que le critican ácidamente. Recuerda Patricio Jara que Patricia Espinosa, crítica literaria, asegura que Hernán Rivera Letelier decidió “copiarse a sí mismo” y de una novela a otra entresaca y “copia frases completas”.
Obviamente, de Mi nombre es Malarrosa se dice lo mismo: una copia de otros textos suyos, con los eventos ocurridos en San Gregorio, ocurridos en la matanza de San Gregorio. “Copio los hechos puntuales: la hora en que ocurrieron, los nombres de quienes murieron… Pero si nos ponemos así, cualquier novela histórica es un plagio”, se defiende el salitrero.
Más allá de las observaciones, justas unas veces y pasadas de tintas otras, de los críticos(as) literarios, casi se comprueba una constante: los escritores terminan la vida entera por escribir la misma novela.
Algunos, como Gabriel García Márquez, lo han admitido abiertamente. Pero el hecho de “repetirse” habla, más bien, de acontecimientos que han marcado al escritor, presunciones o preferencias en la manera como observan la vida.
Hernán Rivera Letelier tampoco tiene empacho en defender decir la verdad. Si sus libros se venden, como en efecto ocurre, ¿es inmodestia suya decir que sus libros se venden mucho?
Si él cuenta que lo detienen en la calle para pedirle un autógrafo, un lector(a) que lo reconoce, ¿por qué no contarlo si se lo preguntan en una entrevista, como la de Patricio Jara?
Al contrario, en este caso, decir que lo paran en la calle “es impagable, y no decirlo es despreciar a esas personas”, dice el escritor, al que no se le perdona haber saltado de las salitreras de Antofagasta a los ranking de la crema de los escritores chilenos.
Se echó a correr la bola que Hernán Rivera Letelier era un monigote de un escritor anónimo, que él era solamente una marioneta del hombre gris que era el escritor de verdad. Sus varias novelas, una cada dos años en promedio, echan por tierra la versión.
Él se ríe, con risa de obrero del salitre que obtuvo fama y dinero escribiendo novelas. Y no olvida sus orígenes. Dice: “Haber sido pobre es algo que no se quita nunca; uno siempre piensa que va a venir la mala”.
Y en el oficio, tiene esta superstición: “No publicar jamás una novela sin antes haber comenzado otra. Sólo de ese modo, dice, puede volver a sentir el vértigo de un autor inédito”, anota Patricio Jara.
El gran sueño de Hernán Rivera Letelier es, sin embargo, el siguiente: “El día en que me muera, no quiero que le pongan mi nombre a una plaza o al aeropuerto; mejor a la calle de las putas”.

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14 julio 2008

Más leídos, ficción y no ficción

La más reciente novela de Hernán Rivera Letelier, Mi nombre es Malarrosa, encabeza la lista de libros de ficción más leídos, mientras El secreto, de Rhonda Byrne, lo hace en no ficción.
A Rivera Letelier le sigue:
–El juego del ángel, de Carlos Ruiz Zafón
–Harry Potter, de J.K. Rowling
–Los pilares de la tierra, de Ken Follet
–La casa de Dostoievsky, de Jorge Edwards
–Mil soles espléndidos, de Khaled Hosseini
–La suma de los días, de Isabel Allende
–La extraña, de Sándor Márai
–Un mundo sin fin, de Ken Follet, y
–El niño con el pijama de rayas, de John Boyne
En el segmento de lecturas de no ficción, los libros de Pilar Sordo siguen siendo un fenómeno de ventas. Después de Rhonda Byrne, siguen:
2–Cartas a mamá desde el infierno, de Ingrid Betancourt
3–Con el Coco en el diván, de Pilar Sordo
4–¡Viva la diferencia!, de Pilar Sordo
5–Emprender, de Alan Rey
6–La última elección, de Randy Pausch
7–El poder del ahora, de Eckhart Tolle
8–Palabras con historia, recargado, de Héctor Velis-Meza
9–Niños con pataletas, de Amanda Céspedes, y
10–Libro de los por qué de la vida diaria, de Héctor Velis-Meza
Este ranking surge de los reportes de las librerías Andrés Bello, Antártica, Feria Chilena del Libro, Librería Francesa, La Librería de Valdivia, Qué leo, Quimera, Takk y Feriamix.

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07 julio 2008

Un guión no es un kilo de manzanas

Al parecer no hay todavía humo blanco en las negociaciones que tienen sentados a la mesa a los escritores (guionistas y/o libretistas de teleseries) y la Asociación Nacional de Televisión (Anatel) que agrupa a los canales.
“No puede ser que el tratamiento que se le da a los guionistas sea como al que vende un kilo de manzanas”, dijo el abogado de aquellos, Jorge Schaulsohn.
“Les pagan una sola vez, una cantidad determinada, y les hacen firmar un contrato de cesión de sus derechos a perpetuidad”, añadió.
Digámoslo con todas sus letras: es una ignominia.
Cómo es que el guionista–libretista, que es nada menos el creador de la obra, reciba 700 mil pesos al mes, mientras el canal que emite la obra recibe 700 millones de pesos al mes.
Los escritores aún tienen este inri sobre sus cabezas, pero Chile, que se define a sí mismo como país en vías al primer mundo, no puede quedar en la cola del tren como un país atrasado que no entiende ni respeta el valor de la creación artística.
Y aún sin que sea arte, la obra literaria que produce el guionista–libretista, estamos hablando de un negocio en el que los canales están asumiendo una actitud esclavista, lo cual no tiene presentación, ni creo que sea su espíritu real.
Lo razonable es que el guionista–libretista participe de los ingresos por publicidad que genera su obra.
No es el dueño del canal, no es el gerente general del canal, no es el gerente de producción del canal, no es el gerente de administración del canal, el que genera audiencia; es el guionista–libretista con su obra.
Así de sencillas son las cosas.
¿Acaso el canal no espera vender su telenovela o su teleserie, y no espera que le paguen por eso? En igual situación está el guionista–libretista.
El guionista–libretista, además de un porcentaje del ingreso por publicidad mientras se emite su obra, debe recibir un porcentaje por las repeticiones y la venta de DVD de su obra.
¿Llegarán los escritores de la tele a un paro laboral, similar al que tuvo lugar recientemente en Hollywood?

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04 julio 2008

El chumango Díaz Eterovic

Me encanta esa prosa intimista, aparentemente autobiográfica en la que el autor se pierde en la ficción de lo que pudo ser, la nostalgia de lo ido y la imposibilidad de que algún sea lo dejó pasar. Es el caso del cuento Mi padre peinaba a lo Gardel de Ramón Díaz Eterovic, chumango como los cuentos que publica en Libros de Mentira, aunque dicen que el apelativo es para los que no han nacido pero viven en Punta Arenas, donde le dio por venir al mundo en 1956 para publicar los poemarios El poeta derribado y Pasajero de la ausencia, y los libros de cuentos Cualquier día, Obsesión de Año Nuevo, Atrás sin golpes y Ese viejo cuento de amar, y las novelas La ciudad está triste, Solo en la oscuridad, Nadie sabe más que los muertos, Ángeles y solitarios, Correr tras el viento y Nunca enamores a un forastero. Díaz Eterovic ha ganado, ya te digo, el Premio del Consejo Nacional de Fomento del Libro y la Lectura a la mejor novela del año 1995, y ha repetido el Premio Municipal de Santiago en los años 1982, 1994 y 1996, además de atesorar otra decena de distinciones. Tiene obras inglés, alemán, italiano… ¡y croata!, y figura en una veintena de antologías de cuentos de Chile, España, México, Italia, Croacia, Alemania, Argentina, Ecuador y Estados Unidos.No digo más de lo que dijeron Cruz y Oyanzún y vayan por favor a leerlo ya en Librosdementira.

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23 junio 2008

COSTAMAGNA VIRTUAL

“Ya está online La epidemia de Traiguén, de Alejandra Costamagna”, dicen al unísono Luis Cruz y Gabriel Oyarzún, los editores de la web Libros de Mentira.
De Alejandra Costamagna hice una brevísima reseña de la reseña que habían hecho de ella, y ofrecido un canapé de su pluma en una reseña de ella sobre Claudio Bertoni.
Siendo La epidemia de Traiguén uno de los varios textos del libro de cuentos Últimos fuegos, he aquí un comentario de Gonzalo Garcés.
Disfruten, pues, a esta magnífica escritora en la librería virtual de los Libros de Mentira.
Anuncian los editores que está alistándose en la rotativa la publicación de Chumandos, de Ramón Díaz Eterovic.

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18 junio 2008

MICROCUENTOS DE DIEGO MUÑOZ V.

Estupenda la sensación de ir pasando con el cursor las 23 páginas del segundo ejemplar de la colección de Libros de Mentira, titulado Microcuentos, del escritor Diego Muñoz Valenzuela.
Este libro de mentira trae textos de verdad, como La vida es sueño, que por su estructura y brevedad casi parece un poema oriental:
Duerme. Sueña que vuela.
Despierta. Cae al vacío.
El concepto y el diseño de la colección son de los periodistas Luis Cruz y Gabriel Oyarzún, mientras las bellas ilustraciones del que se comenta, de Virginia Herrera.

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11 junio 2008

OBRAS CHILENAS LONGEVAS EN LIBRERÍAS

Hay cosas increíbles en las preferencias de lectura de los chilenos. Al menos para mí, es increíble que un libro complete 23 semanas en la lista de preferencias –6 meses–, que complete 40 semanas –10 meses–, que complete 88 semanas –22 meses, o 1 año y 8 meses–, ¡y que complete 122 semanas! –30 meses y medio, o 2 años y 5 meses–…
Lo interesante es que la increíble duración de preferencias entre los lectores responde a autores nacionales.
Quiere decir, ni más ni menos, que las obras chilenas son longevas en los estantes de las librerías, no por chovinismo sino por calidad literaria, en el caso de la ficción, y por su interesante contenido en el caso de los libros de no ficción.
Huelga mencionar el hecho de que la gente aún entra a las librerías y compra libros. Quiero pensar en que con ello hay posibilidades de futuro.
Las cuentas surgen de los reportes de las librerías Nova Terrae, Feriamix, Feria Chilena del Libro, Quimera, Librería Francesa, La Librería de Valdivia, Qué Leo y Andrés Bello.
En cuanto a las lecturas de Ficción, el ranking está de la siguiente manera:
1–El juego del ángel, de Carlos Ruiz Zafón, 5 semanas
2–La llorona, Marcela Serrano, 10 semanas
3–La suma de los días, Isabel Allende, 40 semanas
4–Cometas en el cielo, Khaled Hosseini, 5 semanas
5–Un mundo sin fin, Ken Follet, 11 semanas
6–Harry Potter, J.K. Rowling, 17 semanas
7–Los pilares de la tierra, Ken Follet, 11 semanas
8–Inés del alma mía, Isabel Allende, 88 semanas
9–La llave de Sarah, Tatiana de Rosnay, 4 semanas, y
10–La daga, Phillip Pullman, 4 semanas.
Y en cuanto a las lecturas de los chilenos de libro No Ficción, el ranking está así:
1)El secreto, Rhonda Byrne, 35 semanas
2)Con el Coco en el diván, Pilar Sordo, 41 semanas
3)Palabras con historia, recargado, Héctor Velis–Meza, 7 semanas
4)¡Viva la diferencia!, Pilar Sordo, 122 semanas
5)De la cultura del ego a la cultura del alma, Patricia May, 22 semanas
6)Libro de los por qué de la vida diaria, Héctor Velis­–Meza, 12 semanas
7)Niños con pataletas, adolescentes desafiantes, Amanda Céspedes, 31 semanas
8)Inteligencia relacional, Jaime García, 23 semanas
9)Dentro de Pink Floyd, Nick Mason, 4 semanas, y
10)Los mitos de los héroes griegos, Gabriela Andrade et al, 1 semana.

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08 junio 2008

OSADO Y GALARDONADO GERMÁN MARÍN

Nació en Santiago de Chile en 1934. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires. Es uno de los autores de la biblioteca virtual Libros de mentira. En 1973 publicó Fuegos artificiales, prohibida tras el golpe militar. Germán Marín vivió exiliado diecisiete años. En 1994 publicó Círculo vicioso, Premio del Consejo Nacional del Libro, y en 1995 el libro de relatos El palacio de la risa. Dos años después publica la novela Las cien águilas –beca Fundación Andes– y El circo en llamas sobre la obra de Enrique Lihn –con quien había dirigido la revista Cormorán–. Con la novela Conversaciones para solitarios ganó el Premio de Literatura Municipal de Santiago, y por segunda vez el Premio del Consejo Nacional del Libro. A este libro pertenece el siguiente texto:

Carta anónima
Usted, seguramente, está en este momento, como todas las noches, sentado entre los suyos escuchando a Mozart, mientras bebe la infusión de yerbas. Buena para el estómago, acodado al sillón. Su señora, es de suponer, distraída y lejana, tejiendo a crochet una prenda que nunca termina depositada en el regazo, mientras su hijo único, de veinte años, soluciona el crucigrama del diario y mordisquea la punta del lápiz. De esta manera, forman los tres una típica escena de familia, cuajada por una extraña docilidad, donde todo parece inmóvil y sereno. Usted ya habrá rasgado el sobre dirigido a su nombre y, al recorrer ahora estas líneas, no haga gesto alguno de sorpresa que delate la información que cumplo en entregarle, continúe por favor, plácidamente, oyendo tal vez uno de los conciertos para piano de Mozart. Pero si le parece, encienda un cigarrillo para aplacar las preguntas que ya estará haciéndose y prosiga la lectura, sin decir nada, en el más absoluto silencio. Observe a la ramera como teje pundonorosa, después, regrese, se lo pido, a esta carta que tiembla en sus manos con justo motivo. La caligrafía desconocida de este amigo de la familia, cuya identidad jamás llegará a saber, permite a usted asegurarle, con el respeto que su persona merece, la verdad de lo que sigue. Se ha visto a su esposa, en repetidas oportunidades, por el sector de Alameda con San Antonio, invitando a sórdidos lustrabotas que, luego de unas palabras de comercio, han ido tras ella con la sonrisa sin dientes y desenmascarada de la complicidad. Usted, caballero, al mirarla como todos los días, no descubrirá a esta otra mujer que permanece sofocada en su peinado de peluquería, impune como un cisne, enjoyada en una falsa existencia, mientras el tejido aumenta y disminuye en esas manos ociosas, de unas bonitas uñas pintadas de rojo, prisionera de su otra vida que ella, a espaldas suyas, ha poblado de suciedades e, incluso, de cicatrices, que deben haberla estremecido de felicidad. Le aconsejo, desde ya, no dejarse arrastrar por la indignación y continúe sabiendo de esta carta. Si me permite un sano consejo, esconda en la memoria cada palabra que está leyendo y, en nombre de la paz conyugal, que de seguro reina en la casa, destruya esta misiva al término y arrójela al fuego de la chimenea. Simule usted que prosigue escuchando a Mozart, en la grata molicie después de cenar, su señora persevera distante en la labor a crochet, su hijo, entretanto, yace preocupado aún de resolver el crucigrama. Beba tranquilamente otro sorbo de la infusión de yerbas, aunque, desde ahora, sin decir una sola palabra a nadie, observe con detención cada movimiento de ella y vigile sus pasos, señor. Desconfíe de esta mujer que bosteza al frente, capaz de transformarse para siempre en una cualquiera, si es que no está a punto de serlo, en consecuencia, hágala seguir cuando sale a la calle. Ella no dedica las tardes a repartir ropa vieja entre los pobres como dice. Bien se investigue, descubrirá de bruces la visión intolerable del mal, en que comprobará que ese cuerpo de maniquí, depilado y albo, se entrega a la usurpación de unas manos ruines.

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04 junio 2008

COSTAMAGNA EN LIBROS DE MENTIRA

Un vigor poético tiene la prosa de Alejandra Costamagna, periodista de 38 años que irrumpió en la literatura con la novela ganadora de los Juegos Florales ‘Gabriela Mistral’ en 1996, “En voz baja”.
Convocada por los periodistas Gabriel Oyarzún y Luis Cruz para darle forma al proyecto de Libros de mentira, una biblioteca virtual o librería virtual que prefiero considerar libros virtuales, Alejandra Costamagna ya fue reseñada.
Lo que sigue es una reseña de Alejandra Costamagna de una de las tantas obras de un poeta imperdible llamado Claudio Bertoni, a la que, sin embargo, le imprime un tono, un ritmo y se vale de un lenguaje que hace del género periodístico un trascendido en un pequeño hermoso objeto literario.
Tomo la reseña del número de septiembre del 2002 de la Revista de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile.

Bertoni en el jardín
Claudio Bertoni vive solo en un pueblo junto al mar, compra el pan por las mañanas, no gasta en bencina ni en tarjetas de crédito, no paga cuotas mensuales de nada, se alimenta con moderación, no bebe alcohol ni fuma cigarrillos y, de hallarse en la Roma antigua, seguro que la dicha lo llevaría a reposar lejos de ocupaciones, como la primitiva raza de los mortales, libre de toda usura, recolectando los frutos de su jardín con la prudencia del sabio. Bertoni tiene hoy la exacta edad que tenía Horacio al morir y sabe, como el poeta romano, que la vida es breve y que mientras habla se le está escapando, envidioso, un trozo de vida. Quizás por eso su diálogo con los clásicos sea tan fecundo y delicado. Quizás por eso también su mirada en el presente asome tan resuelta. Bertoni da el mínimo crédito al porvenir y observa el mundo con el mismo gesto con que otros tragan aire, como si sus ojos fueran dos pulmones voraces.
El tiempo, la vida, el amor, los afectos: todo se acaba. Sólo quedan, para consuelo de consuelos, las mujeres. La cabeza del poeta las retiene infinitamente y gracias a eso respira. Pero los efectos del Ravotril a veces son más fuertes y por las mañanas lo extravían en sus ecos trillados. Entonces Bertoni se busca en todos los rincones posibles: en la agüita de menta, en las manos gastadas de la cajera del almacén, en el retrato de esa primera mujer, la que no sabía gritar, en las imágenes difusas de nalgas y calzones, hasta en sus cunetas de infancia se busca exhausto. Que alguien me salve, murmura, aúlla, y milagrosamente aparecen un cuellito, una orejita, una guatita, una tetita (“es que si no usamos el diminutivo ahora/ que estamos vivitos y coleando unos/ y vivitos y culiando los más afortunados/(...) ¿¡cuando!?”), un pedacito de mujer que siempre termina por salvarlo. Bertoni le habla a la grabadora de bolsillo y deposita sus disquisiciones y soliloquios internos. Así va armando este libro: con la intemperancia de los enamorados y la diligencia de los espías.
Jóvenes buenas mozas registra los devotos ejercicios de observación practicados durante los últimos años por el autor de El cansador intrabajable. Mirar como un oficio, como el de vivir, como una manía, con la vertiginosa conciencia de la fugacidad. Se trata de una serie de textos protagonizados irrestrictamente por muchachas vistas y seguidas en la calle. Chicas de quince, de veinte o de cuarenta (aunque, seamos sinceros, el peak de Bertoni está en los jumper de dieciséis). En estos escritos figuran –con carácter epigramático en la mayoría de los casos– colegialas, universitarias, ciudadanas comunes y corrientes, las tres Marías, una chilena morena y borrosa, las tres Gracias, una rubia en el Metro quitándose el suéter, chiquillas piadosas, huesuditas inalcanzables, minifaldas, pezones, mejillas pudorosas, culos malos, culos distantes, culos lejanos, culos altos, culos tiernos, culos interiores, culos peludos, culos redondos (culos cual molinos de creacionista) y un observador eternamente conmovido.
El protagonista de estos poemas es, claro está, un adicto a la belleza de las mujeres. Pero lo bello aquí admite erratas, porque la hermosura puede brotar de cualquier rincón. El canon de la perfección acá no corre. “estoy/ harto de/ todas esas/ negras de todas/ esas rubias de todas/ esas mulatas enfermas de/ maquilladas de los videoclips./ ¡Moviéndose/ como si murieran!”, alega en “Madera sin tallar”. El empacho, sin embargo, no dura demasiado. Bertoni se vale entonces de la piel de estas buenas mozas para gritar su deseo en silencio: “se sientan/ en los asientos de atrás/ como si fueran diosas/ y apenas son hijas/ del huevón que va manejando”, postula en el texto que da título al libro. Y luego suscribe casi con rabia en “Inocente”: “cree que su polerita blanca es inocente/ cree que sus blullines son inocentes/ cree que su caminadita/ con el cuellito estirado/ con los hombros echaditos para atrás/ y con el culito parado/ ¡son inocentes!/ Ella misma/ –la muy inocente–/ Se cree inocente”.
Hay un efecto perturbador en el gesto de Bertoni. Porque el autor no abandona completamente la perspectiva dolorosa que ha marcado su escritura. El goce de “Jóvenes buenas mozas” viene, como en otras ocasiones, hermanado con esa soledad tan triste que es la ausencia. Todo se pierde, todo acaba, todo muere. Desde su orilla reglamentaria el desasosiego urde sus muecas y advierte que esto es sólo una tregua. “Nadie con quien compartir/ esta hermosa mañana./ En vez de llorar de gusto/ dan ganas de llorar de pena”, es la sentencia de “Eremita”. La soledad y la ternura permanecen como péndulos atávicos en Bertoni y estos nuevos textos así lo reflejan: el poeta parece adorar tanto a las mujeres como su vida retirada. “Un lecho no triste y sin embargo casto”, diría el latino Marcial en el extremo.
“Hasta donde sé, Bertoni es una especie de hippie que vive a orillas del mar recolectando conchas y cochayuyos”, escribe Roberto Bolaño en un cuento de su libro Putas asesinas. Y aunque Bertoni nunca ha recogido un cochayuyo en su vida, la imagen del individuo en retiro no es del todo incierta. Seguro que de vez en cuando el poeta vislumbra alguna conchita en la playa y la lleva a su jardín de las delicias para escuchar las olas entre sus paredes. O para no estar tan solo. O quizás para estar solo, justamente. Porque él sabe bien que la soledad es más antigua que nosotros y porque sólo desde la soledad, amparado en sus epifanías interiores, puede liberar sus estoicos arrebatos circunstanciales: “debo irme de lo húmedo/ no quiero lamer una concha más en la vida/ no quiero tener ni siquiera lengua/ no quiero chupar a nadie más nunca./ Y no es por nada/ se trata simplemente de no mojarse de nuevo/ de no humedecerse de nuevo/ de no ser una cloaca de bofes jugosos de nuevo”, juega a zanjar en “Debo irme”.
Jóvenes buenas mozas es un libro de poemas. Pero es, como las anteriores creaciones del autor, una ventana abierta. Claudio Bertoni, uno de los poetas más hondos, confesionales e intensos de su generación, invita a los lectores, desde su codiciado e irrenunciable retiro, a contemplar el vértigo y el trance de quien tiene nociones de la belleza y del amor soberanamente claras y hoy viene a imponer sus peculiares condiciones: “Yo aceptaría el amor si fuera algo/ derecho y delgado, algo vertical y/ ascendente. Y seco, sobretodo seco./ Y por supuesto mudo”.

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31 mayo 2008

ESCRITORES EN LIBROS VIRTUALES

Por ahora es un mancha de tinta negra sobre la que se lee: Estamos trabajando. Es lo que uno encuentra aquí, al acceder a la que será una biblioteca de libros virtuales.
Será, porque por ahora “estamos trabajando”. Pero esto no quiere decir que no se sepa lo que va a ocurrir. Lo que va a ocurrir es lo siguiente:
Varios escritores pondrán sus trabajos inéditos en esa librería, en la que, literalmente, pese ser virtualmente, podrá ver los lomos de los libros en los estantes, sacar un ejemplar y abrirlo para leer.
Libros de mentiras, pero de verdad. Una biblioteca a tono con los tiempos de los desarrollos informáticos y de conectividad. Gracias a esta tecnología, muchos jóvenes sin capacidad para comprar ciertos libros podrá leerlos gratis.
Y no hablo de “librería virtual”, porque de éstas hay varias, como esta, o esta otra, o esta tercera, entre muchas, que usan exactamente esa expresión.
La genial idea es de los periodistas Luis Cruz y Gabriel Oyarzún, con el mecenazgo de Camilo Marks y la Universidad de Santiago.
¿Quiénes inauguran el índice de la biblioteca virtual?
Alejandra Costamagna
Germán Marín
Sonia González
Alejandro Zambra
Ramón Díaz Eterovic
Rafael Gumucio
Pía Barros
Diego Muñoz Valenzuela
Carlos Tromben
Roberto Fuentes
Sergio Gómez
Patricio Jara

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23 mayo 2008

PAULO COELHO EN PANTALLA GIGANTE

Será sin duda toda una experiencia. Tanto para quienes realizarán la película como para nosotros los espectadores que ya leímos el libro.
Me refiero a la puesta en escena de El alquimista, la novela del brasileño Paulo Coelho, convertida en su momento en un best seller. El asunto es que este acontecimiento de convertir en imágenes los textos, ocurre veinte años después de editado el libro.
La película la dirigirá Laurence Fishburne, el de Apocalypse now, The color purple, Just cause, The Matrix, Mystic river y Misión imposible III, entre otras, de las tantas cintas en las que ha actuado.
Laurence Fishburne también hará el guión de adaptación de la novela, previo acuerdo con Paulo Coelho, quien comentó: “Estoy feliz de que mi libro se transforme en película, de la manera que yo lo había deseado y espero que el espíritu y la sencillez de mi trabajo sean preservados”.
La hará posible la compañía de Harvey Weinstein (Pandillas de Nueva York, Chicago, Shakespeare apasionado y El señor de los anillos: la comunidad del anillo.
El rodaje está previsto para el año entrante, a un costo de 60 millones de dólares.
“El libro es sencillo y espirituoso, y la adaptación al cine lo reflejará”, dijo Harvey Weinstein.
Cuando leí el libro, me encantó. Pensé que algo así me hubiera gustado poder escribir.
Después supe que Paulo Coelho tuvo un pasado tormentoso, andrajoso, drogoso y carceloso. Pero en ocasiones el hombre debe bajar al averno para recibir la iluminación.
Siempre recuerdo de El alquimista el pasaje en el que el caminante de Santiago de Compostela baja los brazos al encontrarse con una rugiente y amenazante cascada que corta el camino.
Pensó que eso había sido todo.
Pero entonces alguien le susurró que debía enfrentar ese reto. Que su solución era más fácil de lo que aparentaba, y una vez superado podría mirar hacia abajo con una sonrisa en los labios.
En efecto, el caminante comprueba que es verdad: que el peor reto es el miedo, pero superado éste nada es difícil. El caminante puede subir por la escalera que han formado anteriores escaladores de la cascada torrentosa.
Casi llega seco a la cumbre.
Y mira hacia abajo y sonríe.
Me encantó esta enseñanza, que suelo repetir.

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19 abril 2008

CINCO POETAS, VIDA Y MUERTE

La ausencia, el dolor de amor, el desgarramiento, la memoria, el abandono. Los versos asonánticos, los libres, los del soneto, los tercetos. Cinco voces de distinta época, cinco miradas a la vida. Y la muerte.

Tristezas
Nuestro dulce primogénito,
que sabe sentir y amar,
con tu recuerdo perenne
viene mi pena a aumentar.

Fijo en ti su pensamiento,
no te abandona jamás:
sueña contigo y, despierto,
habla de ti nada más.

Anoche, cuando, de hinojos,
con su voz angelical
dijo las santas palabras
de su oración nocturnal;

cuando allí junto a su lecho
sentéme amante a velar,
esperando que a sus ojos
viniese el sueño a cerrar,

incorporándose inquieto,
cual presa de intenso afán,
con ese acento que al labio
las penas tan sólo dan,

exclamó como inspirado:
“!Tú no te acuerdas, mamá?
El sol ¡que bonito era
cuando estaba aquí papá!”
Salomé Ureña de Henríquez
República Dominicana


Siempre amor
No sólo por gozarte te he buscado:
también te quiero para padecerte,
porque el solo placer de poseerte
no da la plenitud de haber amado.

El vivo resplandor de lo gozado
menos amor es siempre que aquel fuerte
dolor de corazón que nos advierte
la dicha cruel de estar enamorado.

Te sufro con dolor, con alegría,
con deleite, con odio, con dulzura,
y la felicidad es agonía.

Si algún día nací, fue para verte;
por saber tu pasión y tu hermosura,
para gozarte, Amor, y padecerte.
Dora Castellanos
Colombia


Guerra
Era un botín gastado y viejo
de niño caminante
rodeado por el polvo y el espanto,
que huye despavorido
hacia la nada cruel de su destino.
No comprende el porqué
de bombas y metralla,
lejano hoy para siempre
aquel piso seguro de una casa.
Eran un par, ahora ya está solo.
Los cordones que sólidos lo ataban
quedaron atrapados en el barro,
la suela se despega
estéril en su queja,
resignada a aceptar
la tétrica locura de una guerra.

¿Qué pasó con el niño
que guiaba su andar?
Lo divisa a lo lejos,
él también lodo y sangre,
él también mutilado,
él también soledad.
Olga Bressano de Alonso
Argentina


Tiempo de recordar
Tiempo de recordar: Arena ardida
de nuestro tiempo actual en que se siente
el flujo de la onda ya perdida.

Agua de ayer que besa luz presente,
mar que nos va siguiendo en cada paso
y llega al hoy y está a la vez ausente.

Vino que se versó del antiguo vaso,
que en un instante viene a recogerse
y a madurarse bajo un nuevo ocaso.

Ángel de un alba que hoy no puede verse,
que se apagó en infierno o paraíso
y en nuestro tiempo actual vuelve a encenderse.
Irma Lanzas
El Salvador


Oración
No más amaneceres ni costumbres
no más luz, no más oficios, no más instantes.
Solo tierra, tierra en los ojos,
entre la boca y los oídos;
tierra sobre los pechos aplastados:
tierra entre el vientre seco;
tierra apretada a la espalda;
a lo largo de las piernas entreabiertas, tierra;
tierra entre las manos ahí dejadas.
Tierra y olvido.
María Mercedes Carranza
Colombia

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08 abril 2008

RAY BRADBURY ES CIENCIA FICCIÓN

La de Ray Bradbury es otro tipo de ciencia ficción, distinto del de Philip K. Dick. Con sus Crónicas marcianas se instala, en los años 50 del siglo pasado, en el género que algunos pondrán en duda que realmente lo cultive, al punto que dicen que lo suyo no es, definitivamente, ciencia ficción. Sin embargo, en la lista de autores, junto a Isaac Asimov y Philip K. Dick tendrá que escribirse Ray Bradbury. Los siguientes, son dos de sus textos breves.

La costa
Marte era una costa distante y los hombres cayeron en olas sobre ella. Cada ola era distinta y cada ola más fuerte. La primera ola trajo consigo a hombres acostumbrados a los espacios, el frío y la soledad; cazadores de lobos y pastores de ganado, flacos, con rostros descarnados por los años, ojos como cabezas de clavos y manos codiciosas y ásperas como guantes viejos. Marte no pudo contra ellos, pues venían de llanuras y praderas tan inmensas como los campos marcianos. Llegaron, poblaron el desierto y animaron a los que querían seguirlos. Pusieron cristales en los marcos vacíos de las ventanas, y luces detrás de los cristales.
Esos fueron los primeros hombres.
Nadie ignoraba quiénes serían las primeras mujeres.
Los segundos hombres debieran de haber salido de otros países, con otros idiomas y otras ideas. Pero los cohetes eran norteamericanos y los hombres eran norteamericanos y siguieron siéndolo, mientras Europa, Asia, Sudamérica y Australia contemplaban aquellos fuegos de artificio que los dejaban atrás. Casi todos los países estaban hundidos en la guerra o en la idea de la guerra.
Los segundos hombres fueron, pues, también norteamericanos. Salieron de las viviendas colectivas y de los trenes subterráneos, y después de toda una vida de hacinamiento en los tubos, latas y cajas de Nueva York, hallaron paz y tranquilidad junto a los hombres de las regiones áridas, acostumbrados al silencio.
Y entre estos segundos hombres había algunos que tenían un brillo raro en los ojos y parecían encaminarse hacia Dios...

Cuento de Navidad
El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar el regalo porque pasaba unos pocos kilos del peso máximo permitido y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando éstos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios.
–¿Qué haremos?
–Nada, ¿qué podemos hacer?
–¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!
La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.
–Ya se me ocurrirá algo –dijo el padre.
–¿Qué...? –preguntó el niño.
El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer “día”. Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:
–Quiero mirar por el ojo de buey.
–Todavía no –dijo el padre–. Más tarde.
–Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.
–Espera un poco –dijo el padre.
El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.
–Hijo mío –dijo–, dentro de medía hora será Navidad.
La madre lo miró consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.
–Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron.
–Sí, sí. todo eso y mucho más –dijo el padre.
–Pero... –empezó a decir la madre.
–Sí –dijo el padre–. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.
Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.
–Ya es casi la hora.
–¿Puedo tener un reloj? –preguntó el niño.
Le dieron el reloj, y el niño lo sostuvo entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el momento insensible.
–¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
–Ven, vamos a verlo –dijo el padre, y tomó al niño de la mano.
Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.
–No entiendo.
–Ya lo entenderás –dijo el padre–. Hemos llegado.
Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.
–Entra, hijo.
–Está oscuro.
–No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.
Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.
–Feliz Navidad, hijo –dijo el padre.
Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.

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05 abril 2008

EL MUNDO SUTIL DE PHILIP K. DICK

Su deseo de ir al fondo, esencia de la vida llevó a Philip K. Dick al uso y abuso de las anfetaminas. Dicen quienes lo conocieron que consumía anfetaminas todo el día y la noche. En la noche escribía sin parar, y en el día ayudaba a su esposa a encontrar los billetes del sustento.
Comenzó a escribir como un loco endemoniado cuando un editor le dijo que jamás podría ganarse la vida confeccionando cuentos. Que debía escribir novelas.
Fue como un hechizo. Un abracadabra.
Dicen que de una sentada podía escribir 75 páginas.
En solamente dos años escribió 11 novelas. No es menor, gracias a las anfetaminas.
Dicen que las consumía hasta colapsar, 10 o 15 días después. Dormía entonces uno o dos días, y volvía a las andadas.
Algunas versiones indican que veía cosas, inspiradoras finalmente, de lo que serían sus alienígenas.
Vivió para escribir. Escribió a mil. Pronto murió. Estuvo en este mundo entre el 28 y el 82, como mirándose en un espejo. El espejo, o el espejismo de la existencia que él admitía vivir.
Porque concebía mundos paralelos, realidades sutiles a la que empírica. Tal fue la cantera de sus textos. La solitaria apuesta que buscaba responder si los androides sueñan con ovejas eléctricas.
Esta cuestión, convertida en Blade Runner, película estrenada días después de su fallecimiento (¿si?), lo impulsó mientras existió sobre este planeta.

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02 abril 2008

EL DOSTOIEVSKY DE JORGE EDWARDS

Inducido por su representante literaria Carmen Balcells, el escritor Jorge Edwards envió la novela La casa de Dostoievsky al II Premio Iberoamericano Planeta–Casa de América de Narrativa, y ganó.
Jorge Edwards obtendrá 200 mil dólares de premio, y la publicación de la obra en España y Latinoamérica.
El finalista fue el colombiano Fernando Quiroz, con la novela Justos por pecadores, que narra “historias de terror ocurridas en el Opus Dei de Colombia”, según su autor.
En la novela ganadora, a su vez, “domina el propósito de narrar hechos que yo conocí de cerca, pero que se ficcionalizan con la presencia de un poeta, quien se mete en la historia directamente, pero desde un rincón desvencijado”.

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ADOLFO BIOY CASARES Y LA FARMACOPEA

Con Jorge Luis Borges hizo Adolfo Bioy Casares la dupla oculta bajo el seudónimo de Honorio Bustos Domecq, escritor policial. Adolfo Bioy Casares se casó con Silvina Ocampo, hermana de Victoria Ocampo, escritoras ellas. Obtuvo el Premio Cervantes en 1990, y desarrolló el género fantástico, como se verá. La invención de Morel y Diario de la guerra del cerdo, son dos de sus obras más conocidas.

Margarita o el poder de la farmacopea
No recuerdo por qué mi hijo me reprochó en cierta ocasión:
–A vos todo te sale bien.
El muchacho vivía en casa, con su mujer y cuatro niños, el mayor de once años, la menor, Margarita, de dos. Porque las palabras aquellas traslucían resentimiento, quedé preocupado. De vez en cuando conversaba del asunto con mi nuera. Le decía:
–No me negarás que en todo triunfo hay algo repelente.
–El triunfo es el resultado natural de un trabajo bien hecho –contestaba.
–Siempre lleva mezclada alguna vanidad, alguna vulgaridad.
–No el triunfo –me interrumpía– sino el deseo de triunfar. Condenar el triunfo me parece un exceso de romanticismo, conveniente sin duda para los chambones.
A pesar de su inteligencia, mi nuera no lograba convencerme. En busca de culpas examiné retrospectivamente mi vida, que ha transcurrido entre libros de química y en un laboratorio de productos farmacéuticos. Mis triunfos, si los hubo, son quizá auténticos, pero no espectaculares. En lo que podría llamarse mi carrera de honores, he llegado a jefe de laboratorio. Tengo casa propia y un buen pasar. Es verdad que algunas fórmulas mías originaron bálsamos, pomadas y tinturas que exhiben los anaqueles de todas las farmacias de nuestro vasto país y que según afirman por ahí alivian a no pocos enfermos. Yo me he permitido dudar, porque la relación entre el específico y la enfermedad me parece bastante misteriosa. Sin embargo, cuando entreví la fórmula de mi tónico Hierro Plus, tuve la ansiedad y la certeza del triunfo y empecé a botaratear jactanciosamente, a decir que en farmacopea y en medicina, óiganme bien, como lo atestiguan las páginas de “Caras y Caretas”, la gente consumía infinidad de tónicos y reconstituyentes, hasta que un día llegaron las vitaminas y barrieron con ellos, como si fueran embelecos. El resultado está a la vista. Se desacreditaron las vitaminas, lo que era inevitable, y en vano recurre el mundo hoy a la farmacia para mitigar su debilidad y su cansancio.
Cuesta creerlo, pero mi nuera se preocupaba por la inapetencia de su hija menor. En efecto, la pobre Margarita, de pelo dorado y ojos azules, lánguida, pálida, juiciosa, parecía una estampa del siglo XIX, la típica niña que según una tradición o superstición está destinada a reunirse muy temprano con los ángeles.
Mi nunca negada habilidad de cocinero de remedios, acuciada por el ansia de ver restablecida a la nieta, funcionó rápidamente e inventé el tónico ya mencionado. Su eficacia es prodigiosa. Cuatro cucharadas diarias bastaron para transformar, en pocas semanas, a Margarita, que ahora reboza de buen color, ha crecido, se ha ensanchado y manifiesta una voracidad satisfactoria, casi diría inquietante. Con determinación y firmeza busca la comida y, si alguien se la niega, arremete con enojo. Hoy por la mañana, a la hora del desayuno, en el comedor de diario, me esperaba un espectáculo que no olvidaré así nomás. En el centro de la mesa estaba sentada la niña, con una medialuna en cada mano. Creí notar en sus mejillas de muñeca rubia una coloración demasiado roja. Estaba embadurnada de dulce y de sangre. Los restos de la familia reposaban unos contra otros con las cabezas juntas, en un rincón del cuarto. Mi hijo, todavía con vida, encontró fuerzas para pronunciar sus últimas palabras.
–Margarita no tiene la culpa.
Las dijo en ese tono de reproche que habitualmente empleaba conmigo.

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29 marzo 2008

LA MANCHA HIPTÁLMICA

–¿Qué tiene esa pared?
Levanté también la vista y miré. No había nada. La pared estaba lisa, fría y totalmente blanca. Sólo arriba, cerca del techo, estaba oscurecida por falta de luz.
Otro a su vez alzó los ojos y los mantuvo un momento inmóviles y bien abiertos, como cuando se desea decir algo que no se acierta a expresar.
–¿P... pared? –formuló al rato.
Esto sí; torpeza y sonambulismo de las ideas, cuánto es posible.
–No es nada –contesté–. Es la mancha hiptálmica.
–¿Mancha?
–…hiptálmica. La mancha hiptálmica. Éste es mi dormitorio. Mi mujer dormía de aquel lado... ¡Qué dolor de cabeza!... Bueno. Estábamos casados desde hacía siete meses y anteayer murió. ¿No es esto?... Es la mancha hiptálmica. Una noche mi mujer se despertó sobresaltada.
–¿Qué dices? –le pregunté inquieto.
–¡Qué sueño más raro! –me respondió, angustiada aún.
–¿Qué era?
–No sé, tampoco... Sé que era un drama; un asunto de drama... Una cosa oscura y honda... ¡Qué lástima!
–¡Trata de acordarte, por Dios! –la insté, vivamente interesado. Ustedes me conocen como hombre de teatro…
Mi mujer hizo un esfuerzo.
–No puedo... No me acuerdo más que del título: La mancha tele... hita... ¡hiptálmica! Y la cara atada con un pañuelo blanco.
–¿Qué?...
–Un pañuelo blanco en la cara... La mancha hiptálmica
–¡Raro! –murmuré, sin detenerme un segundo más a pensar en aquello.
Pero días después mi mujer salió una mañana del dormitorio con la cara atada. Apenas la ví, recordé bruscamente y ví en sus ojos que ella también se había acordado. Ambos soltamos la carcajada.
–¡Si... sí! –se reía–. En cuanto me puse el pañuelo, me acordé...
–¿Un diente?
–No sé; creo que sí...
Durante el día bromeamos aún con aquello, y de noche mientras mi mujer se desnudaba, le grité de pronto desde el comedor:
–A que no...
–¡Sí! ¡La mancha hiptálmica! –me contestó riendo. Me eché a reír a mi vez, y durante quince días vivimos en plena locura de amor.
Después de este lapso de aturdimiento sobrevino un período de amorosa inquietud, el sordo y mutuo acecho de un disgusto que no llegaba y que se ahogó por fin en explosiones de radiante y furioso amor.
Una tarde, tres o cuatro horas después de almorzar, mi mujer, no encontrándome, entró en su cuarto y quedó sorprendida al ver los postigos cerrados. Me vio en la cama, extendido como un muerto.
–¡Federico! -gritó corriendo a mí.
No contesté una palabra, ni me moví. ¡Y era ella, mi mujer! ¿Entienden ustedes?
–¡Déjame! –me desasí con rabia, volviéndome a la pared.
Durante un rato no oí nada. Después, sí: los sollozos de mi mujer, el pañuelo hundido hasta la mitad en la boca.
Esa noche cenamos en silencio. No nos dijimos una palabra, hasta que a las diez mi mujer me sorprendió en cuclillas delante del ropero, doblando con extremo cuidado, y pliegue por pliegue, un pañuelo blanco.
–¡Pero desgraciado! –exclamó desesperada, alzándome la cabeza–. ¡Qué haces!
¡Era ella, mi mujer! Le devolví el abrazo, en plena e íntima boca.
–¿Qué hacía? –le respondí–. Buscaba una explicación justa a lo que nos está pasando.
–Federico... amor mío... –murmuró.
Y la ola de locura nos envolvió de nuevo.
Desde el comedor oí que ella –aquí mismo– se desvestía. Y aullé con amor:
–¿A que no?...
–¡Hiptálmica, hiptálmica! –respondió riendo y desnudándose a toda prisa.
Cuando entré, me sorprendió el silencio considerable de este dormitorio. Me acerqué sin hacer ruido y miré. Mi mujer estaba acostada, el rostro completamente hinchado y blanco. Tenía atada la cara con un pañuelo.
Corrí suavemente la colcha sobre la sábana, me acosté en el borde de la cama, y crucé las manos bajo la nuca.
No había aquí ni un crujido de ropa ni una trepidación lejana. Nada. La llama de la vela ascendía como aspirada por el inmenso silencio.
Pasaron horas y horas. Las paredes, blancas y frías, se oscurecían progresivamente hacia el techo... ¿Qué es eso? No sé...
Y alcé de nuevo los ojos. Los otros hicieron lo mismo y los mantuvieron en la pared por dos o tres siglos. Al fin los sentí pesadamente fijos en mí.
–¿Usted nunca ha estado en el manicomio? –me dijo uno.
–No que yo sepa... –respondí.
–¿Y en presidio?
–Tampoco, hasta ahora...
–Pues tenga cuidado, porque va a concluir en uno u otro.
–Es posible... perfectamente posible... –repuse procurando dominar mi confusión de ideas.
Salieron.
Estoy seguro de que han ido a denunciarme, y acabo de tenderme en el diván: como el dolor de cabeza continúa, me he atado la cara con un pañuelo blanco.
Horacio Quiroga

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04 abril 2006

ADENTRARSE EN SÍ MISMO

Aquí se trata de una conversación sin mezquindad. Un carteo en que el artista se ofrece plenamente, sin pudores ni recelos. Lo que resulta, entonces, es una extensa reflexión sobre la vida, y sobre el arte como parte de ésta, que será visto como un derivado de esa apreciación global.
Ranier Maria Rilke (1875-1926) intenta ser exhaustivo en hacer comprender a Franz Xaver Kappus la dimensión de la empresa literaria, para lo cual alude a la dimensión de la existencia misma. Por ello, bien cabe asumir la ironía como burla o figura retórica (segunda carta):
"Algo acerca de la ironía. No se deje dominar por ella, y menos que en cualquier otra ocasión, en los momentos de esterilidad. En los que sean fecundos, procure aprovecharla como un medio más para comprender la vida. Empleada con pureza, también la ironía es pura, y no hay por qué avergonzarse de ella. Pero si usted siente que le es ya demasiado familiar y teme su creciente intimidad, vuélvase entonces hacia grandes y serios asuntos, ante los cuales ella quedará siempre pequeña y desamparada.
"Busque la profundidad de las cosas: hasta allí nunca logra descender la ironía... Y cuando la haya llevado así al borde de lo sublime, averigüe al mismo tiempo si ese modo de entender la vida brota de una necesidad propia y esencial. Pues entonces, bajo el influjo de las cosas serias, acabará por desprenderse de usted –si es algo meramente accidental–; o bien –si es que realmente le pertenece como algo innato– cobrará fuerza, y se convertirá en un instrumento serio para incluirse entre los medios con que usted habrá de plasmar su arte".
Antes de abordar algunos asuntos, quizás convenga tener claros los propios. Será bueno, pues, templar el corazón (cuarta carta):
"Tenga paciencia frente a todo cuanto en su corazón no esté todavía resuelto. Y procure encariñarse con las preguntas mismas, como si fuesen habitaciones cerradas o libros escritos en un idioma muy extraño. No busque de momento las respuestas que necesita. No le pueden ser dadas, porque usted no sabría vivirlas aún –y se trata precisamente de vivirlo todo. Viva usted ahora sus preguntas. Tal vez, sin advertirlo siquiera, llegue así a internarse poco a poco en la respuesta anhelada y, en algún día lejano, se encuentre con que ya la está viviendo también. Quizás lleve usted en sí la facultad de crear y de plasmar, que es un modo de vivir privilegiadamente feliz y puro".
Una suerte de motivos perpetuos pareciera habitarnos hasta el fin de nuestros días: los de la infancia. Acrisolarlos, quizás, y dejar las cosas "importantes" para los mayores (sexta carta):
"Soledad, grande, íntima soledad. Adentrarse en sí mismo, y, durante horas y horas, no encontrar a nadie... Esto es lo que importa saber conseguir. Estar solos como estuvimos solos cuando niños, mientras en derredor nuestro iban los mayores de un lado para otro, enredados en cosas que parecían importantes y grandes, sólo porque ellos se mostraban atareados, y porque nosotros nada entendíamos de sus quehaceres. Ahora bien: si un día se acaba por descubrir cuán pobres son sus ocupaciones, y se echa de ver que sus profesiones están yertas y faltas ya de todo nexo con la vida, ¿por qué no seguir entonces mirando todo eso con los ojos de la infancia, como si fuese algo extraño?"
Rainer Maria Rilke aborda la existencia del artista como un porvenir fijo (octava carta):
"Se aprenderá también a reconocer poco a poco que lo que llamamos destino pasa de dentro de los hombres a fuera, y no desde fuera hacia dentro. Sólo porque tantos hombres no supieron asimilar y transformar en su interior, cada cual su propio destino, mientras éste vivía en ellos, no alcanzaron tampoco a conocer lo que de ellos salía. Les era tan ajeno, tan extraño, que ellos, llenos de pavor y de confusión, creían que debía de habérseles entrado en aquel mismo instante en que se percataban de su presencia. Pues hasta juraban que jamás antes habían descubierto nada parecido en sí mismos. Así como durante mucho tiempo hubo error acerca del movimiento del sol, sigue aún el engaño sobre el movimiento de lo venidero. El porvenir está ya fijo, mas nosotros nos movemos en el espacio infinito. ¡Cómo no habría de resultarnos todo muy difícil...!"
En la octava carta también se refiere a los prejuicios, pero desde el punto de vista de asumir lo inexplicable. Perder el miedo a la magia de la vida:
"Mas el miedo ante lo inexplicable no sólo ha empobrecido la existencia del individuo. También las relaciones de ser a ser han quedado cercenadas por él. Valga el símil, han sido descuajadas del cauce de un río caudaloso en posibilidades infinitas, para ser llevadas a un lugar yermo de la ribera, donde nada sucede. Pero sólo quien esté apercibido para todo, sólo quien no excluya nada de su existencia –ni siquiera lo que sea enigmático y misterioso– logrará sentir hondamente sus relaciones con otro ser como algo vivo. Ninguna razón tenemos para recelar y desconfiar del mundo en que vivimos. Si entraña terrores, son nuestros terrores. Si contiene abismos, estos abismos nos pertenecen. Y si en él hay peligros, debemos procurar amarlos. Con tal que cuidemos de ordenar y ajustar nuestra vida conforme a ese principio que nos aconseja atenernos siempre a lo difícil, cuanto ahora nos parece ser lo más extraño acabara por sernos lo más familiar, lo más fiel".
Hay una referencia a la duda como factor perturbador, pero al mismo tiempo como elemento edificante (novena carta):
"Su duda puede tornarse una virtud, si usted la educa. Debe convertirse en saber y en crítica. Pregúntele, cada vez que ella quiera echarle algo por tierra, por qué ese algo está mal. Exíjale pruebas. Sométala a un examen. Acaso la encuentre entonces perpleja, confundida. O quizás rebelde, levantisca. Pero no ceda usted. Exija argumentos y obre así, alerta y consecuente, siempre y cada vez que sea preciso. Ya vendrá luego el día en que el dudar deje de ser destructor, para convertirse en uno de sus mejores obreros, el más inteligente, tal vez, entre todos los que van edificando la vida de usted".
Por último, insiste en vivir para el arte (décima carta):
"También el arte es sólo un modo de vivir. Aun viviendo de cualquier manera, puede uno prepararse para el arte, sin saberlo. En cualquier realidad se está más cerca de él que en las carreras irreales, artísticas a medias, que, aparentando cierto allegamiento al arte, en la práctica niegan y socavan la existencia de todo arte. Como lo hacen, por ejemplo, el periodismo en su totalidad, casi toda la crítica profesional, y las tres cuartas partes de lo que se llama y quiere llamarse literatura".

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02 abril 2006

MORIR, SI ESCRIBIR NO PUEDO

Escribir es algo que debiera comprometer toda la existencia y cuya razón de ser encontrarse, exactamente, en la misma médula, en el vórtice de las entrañas. Escribir como una reflexión de vida, un "adentrarse en sí mismo". La disyuntiva está en reconocer que se moriría si, materialmente, no fuera posible escribir.
Esta es la dimensión que otorga Rainer María Rilke al oficio, en carta al aprendiz de poeta Franz Xaver Kappus –que no lo llegó a ser–, cuando lo aborda por una crítica a sus primeros versos. "Para tomar contacto con una obra de arte, nada, en efecto, resulta menos acertado que el lenguaje crítico", le responde aquel coloso.
En su periplo artístico Rainer María Rilke –nacido en Praga en 1875 y muerto en Valmont en 1926– abandona el simbolismo para optar por un estilo preciso, concreto, como las esculturas de Auguste Rodin, de quien fue su secretario. Y para el anecdotario queda –entre otras muchas cosas– que Rainer María Rilke sostuvo un largo idilio con Lou Salomé, alumna de Sigmund Freud y la mujer que obsesionó a Friedrich Nietzsche.
Lo cierto es que las respuestas de Rainer María Rilke al joven Franz Xaver Kappus corresponden a ese bello género languidecido que es el epistolar, y en ellas, el coloso explora la vida, para finalmente independizarse y constituir una magnífica cartilla digna de todo escritor. He aquí la primera misiva de Rainer María Rilke.
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París,
a 7 de febrero de 1903.
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Muy distinguido señor:
Hace sólo pocos días que me alcanzó su carta, por cuya grande y afectuosa confianza quiero darle las gracias. Sabré apenas hacer algo más. No puedo entrar en minuciosas consideraciones sobre la índole de sus versos, porque me es del todo ajena cualquier intención de crítica. Y es que, para tomar contacto con una obra de arte, nada, en efecto, resulta menos acertado que el lenguaje crítico, en el cual todo se reduce siempre a unos equívocos más o menos felices.
Las cosas no son todas tan comprensibles ni tan fáciles de expresar como generalmente se nos quisiera hacer creer. La mayor parte de los acontecimientos son inexpresables; suceden dentro de un recinto que nunca holló palabra alguna. Y más inexpresables que cualquier otra cosa son las obras de arte: seres llenos de misterio, cuya vida, junto a la nuestra que pasa y muere, perdura. Dicho esto, sólo queda por añadir que sus versos no tienen aún carácter propio, pero sí unos brotes quedos y recatados que despuntan ya, iniciando algo personal. Donde más claramente lo percibo es en el último poema: "Mi alma". Ahí hay algo propio que ansía manifestarse; anhelando cobrar voz y forma y melodía. Y en los bellos versos "A Leopardi" parece brotar cierta afinidad con ese hombre tan grande, tan solitario. Aun así, sus poemas no son todavía nada original, nada independiente. No lo es tampoco el último, ni el que dedica a Leopardi. La bondadosa carta que los acompaña no deja de explicarme algunas deficiencias que percibí al leer sus versos, sin que, con todo, pudiera señalarlas, dando a cada una el nombre que le corresponda.
Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí, como antes lo preguntó a otras personas. Envía sus versos a las revistas literarias, los compara con otros versos, y siente inquietud cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos poéticos. Pues bien –ya que me permite darle consejo– he de rogarle que renuncie a todo eso. Está usted mirando hacia fuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie... No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: "¿Debo yo escribir?". Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un "Si debo" firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. Que hasta en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a ser signo y testimonio de ese apremiante impulso. Acérquese a la naturaleza e intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que ve y siente y ama y pierde. No escriba versos de amor, rehuya. Al principio, formas y temas demasiado corrientes: son los más difíciles. Pues se necesita una fuerza muy grande y muy madura, para poder dar de sí algo propio ahí donde existe ya multitud de buenos y, en parte, brillantes legados. Por esto, líbrese de los motivos de índole general. Recurra a los que cada día le ofrece su propia vida. Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que le rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo.
Si su diario vivir le parece pobre, no lo culpe a él. Acúsese a sí mismo de no ser bastante poeta para lograr descubrir y atraerse sus riquezas. Pues, para un espíritu creador, no hay pobreza. Ni hay tampoco lugar alguno que le parezca pobre o le sea indiferente. Y aun cuando usted se hallara en una cárcel, cuyas paredes no dejasen trascender hasta sus sentidos ninguno de los ruidos del mundo, ¿no le quedaría todavía su infancia, esa riqueza preciosa y regia, ese camarín que guarda los tesoros del recuerdo? Vuelva su atención hacia ella. Intente hacer resurgir las inmersas sensaciones de ese vasto pasado. Así verá como su personalidad se afirma, cómo se ensancha su soledad convirtiéndose en penumbrosa morada, mientras discurre muy lejos el estrépito de los demás. Y si de este volverse hacia dentro, si de este sumergirse en su propio mundo, brotan luego unos versos, entonces ya no se le ocurrirá preguntar a nadie si son buenos. Tampoco procurará que las revistas se interesen por sus trabajos. Pues verá en ellos su más preciada y natural riqueza: trozo y voz de su propia vida.
Una obra de arte es buena si ha nacido al impulso de una íntima necesidad. Precisamente en este su modo de engendrarse radica y estriba el único criterio válido para su enjuiciamiento: no hay ningún otro. Por eso, muy estimado señor, no he sabido darle otro consejo que éste: adentrarse en sí mismo y explorar las profundidades de donde mana su vida. En su venero hallará la respuesta cuando se pregunte si debe crear. Acéptela tal como suene. Sin tratar de buscarle varias y sutiles interpretaciones. Acaso resulte cierto que está llamado a ser poeta.
Entonces cargue con este su destino; llévelo con su peso y su grandeza, sin preguntar nunca por el premio que pueda venir de fuera. Pues el hombre creador debe ser un mundo aparte, independiente, y hallarlo todo dentro de sí y en la naturaleza, a la que va unido.
Pero tal vez, aun después de haberse sumergido en sí mismo y en su soledad, tenga usted que renunciar a ser poeta. Basta, como ya queda dicho, sentir que se podría seguir viviendo sin escribir, para no permitirse el intentarlo siquiera. Mas, aun así, este recogimiento que yo le pido no habrá sido inútil : en todo caso, su vida encontrará de a