La calle de las putas
Leo una buena nota de Patricio Jara sobre Hernán Rivera Letelier, el obrero pampino metido a literato, a causa del éxito de librerías de su más reciente novela, Mi nombre es Malarrosa, que protagoniza una muchacha que maquilla muertos.Expresiones tan justas y visuales como que Hernán Rivera Letelier “escribe como si estuviera castigado: con el escritorio mirando hacia la pared”, la nota de Patricio Jara hace mirar un fenómeno conocido pero con el pampino criticado: que los escritores se pasan la vida entera escribiendo la misma novela.
Es una de las cosas que le critican ácidamente. Recuerda Patricio Jara que Patricia Espinosa, crítica literaria, asegura que Hernán Rivera Letelier decidió “copiarse a sí mismo” y de una novela a otra entresaca y “copia frases completas”.
Obviamente, de Mi nombre es Malarrosa se dice lo mismo: una copia de otros textos suyos, con los eventos ocurridos en San Gregorio, ocurridos en la matanza de San Gregorio. “Copio los hechos puntuales: la hora en que ocurrieron, los nombres de quienes murieron… Pero si nos ponemos así, cualquier novela histórica es un plagio”, se defiende el salitrero.
Más allá de las observaciones, justas unas veces y pasadas de tintas otras, de los críticos(as) literarios, casi se comprueba una constante: los escritores terminan la vida entera por escribir la misma novela.
Algunos, como Gabriel García Márquez, lo han admitido abiertamente. Pero el hecho de “repetirse” habla, más bien, de acontecimientos que han marcado al escritor, presunciones o preferencias en la manera como observan la vida.
Hernán Rivera Letelier tampoco tiene empacho en defender decir la verdad. Si sus libros se venden, como en efecto ocurre, ¿es inmodestia suya decir que sus libros se venden mucho?
Si él cuenta que lo detienen en la calle para pedirle un autógrafo, un lector(a) que lo reconoce, ¿por qué no contarlo si se lo preguntan en una entrevista, como la de Patricio Jara?
Al contrario, en este caso, decir que lo paran en la calle “es impagable, y no decirlo es despreciar a esas personas”, dice el escritor, al que no se le perdona haber saltado de las salitreras de Antofagasta a los ranking de la crema de los escritores chilenos.
Se echó a correr la bola que Hernán Rivera Letelier era un monigote de un escritor anónimo, que él era solamente una marioneta del hombre gris que era el escritor de verdad. Sus varias novelas, una cada dos años en promedio, echan por tierra la versión.
Él se ríe, con risa de obrero del salitre que obtuvo fama y dinero escribiendo novelas. Y no olvida sus orígenes. Dice: “Haber sido pobre es algo que no se quita nunca; uno siempre piensa que va a venir la mala”.
Y en el oficio, tiene esta superstición: “No publicar jamás una novela sin antes haber comenzado otra. Sólo de ese modo, dice, puede volver a sentir el vértigo de un autor inédito”, anota Patricio Jara.
El gran sueño de Hernán Rivera Letelier es, sin embargo, el siguiente: “El día en que me muera, no quiero que le pongan mi nombre a una plaza o al aeropuerto; mejor a la calle de las putas”.
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