09 abril 2006

SILENCIO

El silencio, una receptividad como un espejo, de una noche llena de estrellas con una luna llena se refleja bajo el místico lago.
El rostro en el cielo está en profunda meditación, es la diosa de la noche que trae profundidad, paz y comprensión.
Ahora es un momento muy precioso.
Será fácil para ti descansar dentro, ahondar las profundidades de tu propio silencio, al punto del encuentro del silencio universal.
No hay nada mas que hacer, no hay lugar donde ir, y la cualidad de tu silencio interior permite cualquier cosa que tu hagas.
Algunas personas se sentirán inconfortables, acostumbradas como están, a todos los ruidos y actividades del planeta.
No importa, busca a aquellos que tienen resonancia con tu silencio, o disfruta tu soledad.
Ahora es el momento de entrar a tu casa interior.
La comprensión y el vislumbre que te llegan en estos momentos se manifestarán más adelante, en una fase más receptiva de tu vida.
Osho

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07 abril 2006

ALTAMIRA

Estábamos a la mesa de la tienda, sin hablar, bebiendo café negro, aturdidos de silencios.
Mirábamos el resplandor de la plaza. En el reloj de la torre las manecillas revelaban una hora anacrónica.
Era mayo y la mañana tibia.
La mujer dijo algo desde detrás del mostrador, conversando a pedazos con alguno en la trastienda.
Un perro sin dueño ni destino atravesó el rectángulo de luz de la puerta. Después entró al cuadro un vejete de cabello níveo que se daba todo el tiempo para caminar.
El peso de la cabeza le había formado joroba y debía apoyarse en un bordón. Tardó en llegar a la puerta, y con gran esfuerzo subió al andén.
Entró y se detuvo en el contraluz: nos miró entre la niebla de sus ojos.
Dos pasos adentro habló, con una voz imposible para él. Tronó:
–Vengo de donde Luis Giraldo.
Doña Rosa bajó la frente.
–Allá tenemos a la pobre Margarita –agregó el achacoso.
Doña Rosa se santiguó.
–Que descanse en paz –susurró.
El antañón examinó: primero a ella, después a mí.
Salió de nuevo al resplandor de mediodía, y desapareció sin prisa en el silencioso rectángulo de la plaza.

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05 abril 2006

CHILENOS EN LA ALCOBA

Hoy fue revelado un drama nacional: se cree que mucho más de la mitad de las chilenas están insatisfechas sexualmente. Para ser exactos, el 66 por ciento, según una encuesta en 49 ciudades que, estadísticamente, representan el 76 por ciento del total de la población.
"Claro, por eso andan histéricas", dirán unos, "claro, por eso coquetean", dirán otros. Pero la pregunta es: ¿Qué está pasando con los hombres?
Y este interrogante se hace más denso cuando la misma encuesta habla de que se piensa que el 49 por ciento de las casadas han sido, al menos una vez, infieles con sus maridos.
¿Qué pasa con los hombres? Porque si ellas han sido infieles, quizás sean las esposas de aquellos que las tienen insatisfechas.
Pero también puede pensarse que dejan insatisfechas a sus propias mujeres, y ser infieles, quizás con una mujer casada, ¿para también dejarla insatisfecha?
La encuesta fue realizada por la Fundación Futuro, y además de esa desoladora realidad también muestra otros secretos insospechados.
Por ejemplo, que "la sociedad actual otorga una mayor importancia a la monogamia", lo cual, sin embargo, contrasta con el porcentaje de infieles.
Y también habla de que si en el 2000 el 37 por ciento apoyaba que las parejas convivieran antes del matrimonio, hoy lo hace el 51 por ciento.
Lamentablemente la encuesta no dice nada del porcentaje de convivientes que terminan casándose.
Pues, de no ser así, se empezaría nueva convivencia que no termina en matrimonio para iniciar otra convivencia que tampoco se concreta en matrimonio y habría que probar otra convivencia que, tal vez, no termine en matrimonio.
En todo caso, "la sociedad actual otorga una mayor importancia a la monogamia", aunque haya fugas que desemboquen en infidelidad.
Al presentarse los resultados de la indagación estadística, el siquiatra Marco Antonio de la Parra dijo que tanto hombres –63 por ciento–, como mujeres –46 por ciento– confesaron tener fantasías sexuales con terceros, lo cual hace que "en cada relación sexual haya entre cuatro y seis personas presentes".
¿Será tanto así? Sin embargo, esto podría explicar el grado de insatisfacción, porque si los dos están fantaseando con otros mientras están juntos, probablemente el resultado no sea satisfactorio.
Y al final, esta declaración: "La importancia que los chilenos otorgan a la virginidad es mayor mientras aumenta la edad de los encuestados". Esto es así porque al parecer los jóvenes a la virginidad no le dan ningún valor.

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04 abril 2006

ADENTRARSE EN SÍ MISMO

Aquí se trata de una conversación sin mezquindad. Un carteo en que el artista se ofrece plenamente, sin pudores ni recelos. Lo que resulta, entonces, es una extensa reflexión sobre la vida, y sobre el arte como parte de ésta, que será visto como un derivado de esa apreciación global.
Ranier Maria Rilke (1875-1926) intenta ser exhaustivo en hacer comprender a Franz Xaver Kappus la dimensión de la empresa literaria, para lo cual alude a la dimensión de la existencia misma. Por ello, bien cabe asumir la ironía como burla o figura retórica (segunda carta):
"Algo acerca de la ironía. No se deje dominar por ella, y menos que en cualquier otra ocasión, en los momentos de esterilidad. En los que sean fecundos, procure aprovecharla como un medio más para comprender la vida. Empleada con pureza, también la ironía es pura, y no hay por qué avergonzarse de ella. Pero si usted siente que le es ya demasiado familiar y teme su creciente intimidad, vuélvase entonces hacia grandes y serios asuntos, ante los cuales ella quedará siempre pequeña y desamparada.
"Busque la profundidad de las cosas: hasta allí nunca logra descender la ironía... Y cuando la haya llevado así al borde de lo sublime, averigüe al mismo tiempo si ese modo de entender la vida brota de una necesidad propia y esencial. Pues entonces, bajo el influjo de las cosas serias, acabará por desprenderse de usted –si es algo meramente accidental–; o bien –si es que realmente le pertenece como algo innato– cobrará fuerza, y se convertirá en un instrumento serio para incluirse entre los medios con que usted habrá de plasmar su arte".
Antes de abordar algunos asuntos, quizás convenga tener claros los propios. Será bueno, pues, templar el corazón (cuarta carta):
"Tenga paciencia frente a todo cuanto en su corazón no esté todavía resuelto. Y procure encariñarse con las preguntas mismas, como si fuesen habitaciones cerradas o libros escritos en un idioma muy extraño. No busque de momento las respuestas que necesita. No le pueden ser dadas, porque usted no sabría vivirlas aún –y se trata precisamente de vivirlo todo. Viva usted ahora sus preguntas. Tal vez, sin advertirlo siquiera, llegue así a internarse poco a poco en la respuesta anhelada y, en algún día lejano, se encuentre con que ya la está viviendo también. Quizás lleve usted en sí la facultad de crear y de plasmar, que es un modo de vivir privilegiadamente feliz y puro".
Una suerte de motivos perpetuos pareciera habitarnos hasta el fin de nuestros días: los de la infancia. Acrisolarlos, quizás, y dejar las cosas "importantes" para los mayores (sexta carta):
"Soledad, grande, íntima soledad. Adentrarse en sí mismo, y, durante horas y horas, no encontrar a nadie... Esto es lo que importa saber conseguir. Estar solos como estuvimos solos cuando niños, mientras en derredor nuestro iban los mayores de un lado para otro, enredados en cosas que parecían importantes y grandes, sólo porque ellos se mostraban atareados, y porque nosotros nada entendíamos de sus quehaceres. Ahora bien: si un día se acaba por descubrir cuán pobres son sus ocupaciones, y se echa de ver que sus profesiones están yertas y faltas ya de todo nexo con la vida, ¿por qué no seguir entonces mirando todo eso con los ojos de la infancia, como si fuese algo extraño?"
Rainer Maria Rilke aborda la existencia del artista como un porvenir fijo (octava carta):
"Se aprenderá también a reconocer poco a poco que lo que llamamos destino pasa de dentro de los hombres a fuera, y no desde fuera hacia dentro. Sólo porque tantos hombres no supieron asimilar y transformar en su interior, cada cual su propio destino, mientras éste vivía en ellos, no alcanzaron tampoco a conocer lo que de ellos salía. Les era tan ajeno, tan extraño, que ellos, llenos de pavor y de confusión, creían que debía de habérseles entrado en aquel mismo instante en que se percataban de su presencia. Pues hasta juraban que jamás antes habían descubierto nada parecido en sí mismos. Así como durante mucho tiempo hubo error acerca del movimiento del sol, sigue aún el engaño sobre el movimiento de lo venidero. El porvenir está ya fijo, mas nosotros nos movemos en el espacio infinito. ¡Cómo no habría de resultarnos todo muy difícil...!"
En la octava carta también se refiere a los prejuicios, pero desde el punto de vista de asumir lo inexplicable. Perder el miedo a la magia de la vida:
"Mas el miedo ante lo inexplicable no sólo ha empobrecido la existencia del individuo. También las relaciones de ser a ser han quedado cercenadas por él. Valga el símil, han sido descuajadas del cauce de un río caudaloso en posibilidades infinitas, para ser llevadas a un lugar yermo de la ribera, donde nada sucede. Pero sólo quien esté apercibido para todo, sólo quien no excluya nada de su existencia –ni siquiera lo que sea enigmático y misterioso– logrará sentir hondamente sus relaciones con otro ser como algo vivo. Ninguna razón tenemos para recelar y desconfiar del mundo en que vivimos. Si entraña terrores, son nuestros terrores. Si contiene abismos, estos abismos nos pertenecen. Y si en él hay peligros, debemos procurar amarlos. Con tal que cuidemos de ordenar y ajustar nuestra vida conforme a ese principio que nos aconseja atenernos siempre a lo difícil, cuanto ahora nos parece ser lo más extraño acabara por sernos lo más familiar, lo más fiel".
Hay una referencia a la duda como factor perturbador, pero al mismo tiempo como elemento edificante (novena carta):
"Su duda puede tornarse una virtud, si usted la educa. Debe convertirse en saber y en crítica. Pregúntele, cada vez que ella quiera echarle algo por tierra, por qué ese algo está mal. Exíjale pruebas. Sométala a un examen. Acaso la encuentre entonces perpleja, confundida. O quizás rebelde, levantisca. Pero no ceda usted. Exija argumentos y obre así, alerta y consecuente, siempre y cada vez que sea preciso. Ya vendrá luego el día en que el dudar deje de ser destructor, para convertirse en uno de sus mejores obreros, el más inteligente, tal vez, entre todos los que van edificando la vida de usted".
Por último, insiste en vivir para el arte (décima carta):
"También el arte es sólo un modo de vivir. Aun viviendo de cualquier manera, puede uno prepararse para el arte, sin saberlo. En cualquier realidad se está más cerca de él que en las carreras irreales, artísticas a medias, que, aparentando cierto allegamiento al arte, en la práctica niegan y socavan la existencia de todo arte. Como lo hacen, por ejemplo, el periodismo en su totalidad, casi toda la crítica profesional, y las tres cuartas partes de lo que se llama y quiere llamarse literatura".

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02 abril 2006

MORIR, SI ESCRIBIR NO PUEDO

Escribir es algo que debiera comprometer toda la existencia y cuya razón de ser encontrarse, exactamente, en la misma médula, en el vórtice de las entrañas. Escribir como una reflexión de vida, un "adentrarse en sí mismo". La disyuntiva está en reconocer que se moriría si, materialmente, no fuera posible escribir.
Esta es la dimensión que otorga Rainer María Rilke al oficio, en carta al aprendiz de poeta Franz Xaver Kappus –que no lo llegó a ser–, cuando lo aborda por una crítica a sus primeros versos. "Para tomar contacto con una obra de arte, nada, en efecto, resulta menos acertado que el lenguaje crítico", le responde aquel coloso.
En su periplo artístico Rainer María Rilke –nacido en Praga en 1875 y muerto en Valmont en 1926– abandona el simbolismo para optar por un estilo preciso, concreto, como las esculturas de Auguste Rodin, de quien fue su secretario. Y para el anecdotario queda –entre otras muchas cosas– que Rainer María Rilke sostuvo un largo idilio con Lou Salomé, alumna de Sigmund Freud y la mujer que obsesionó a Friedrich Nietzsche.
Lo cierto es que las respuestas de Rainer María Rilke al joven Franz Xaver Kappus corresponden a ese bello género languidecido que es el epistolar, y en ellas, el coloso explora la vida, para finalmente independizarse y constituir una magnífica cartilla digna de todo escritor. He aquí la primera misiva de Rainer María Rilke.
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París,
a 7 de febrero de 1903.
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Muy distinguido señor:
Hace sólo pocos días que me alcanzó su carta, por cuya grande y afectuosa confianza quiero darle las gracias. Sabré apenas hacer algo más. No puedo entrar en minuciosas consideraciones sobre la índole de sus versos, porque me es del todo ajena cualquier intención de crítica. Y es que, para tomar contacto con una obra de arte, nada, en efecto, resulta menos acertado que el lenguaje crítico, en el cual todo se reduce siempre a unos equívocos más o menos felices.
Las cosas no son todas tan comprensibles ni tan fáciles de expresar como generalmente se nos quisiera hacer creer. La mayor parte de los acontecimientos son inexpresables; suceden dentro de un recinto que nunca holló palabra alguna. Y más inexpresables que cualquier otra cosa son las obras de arte: seres llenos de misterio, cuya vida, junto a la nuestra que pasa y muere, perdura. Dicho esto, sólo queda por añadir que sus versos no tienen aún carácter propio, pero sí unos brotes quedos y recatados que despuntan ya, iniciando algo personal. Donde más claramente lo percibo es en el último poema: "Mi alma". Ahí hay algo propio que ansía manifestarse; anhelando cobrar voz y forma y melodía. Y en los bellos versos "A Leopardi" parece brotar cierta afinidad con ese hombre tan grande, tan solitario. Aun así, sus poemas no son todavía nada original, nada independiente. No lo es tampoco el último, ni el que dedica a Leopardi. La bondadosa carta que los acompaña no deja de explicarme algunas deficiencias que percibí al leer sus versos, sin que, con todo, pudiera señalarlas, dando a cada una el nombre que le corresponda.
Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí, como antes lo preguntó a otras personas. Envía sus versos a las revistas literarias, los compara con otros versos, y siente inquietud cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos poéticos. Pues bien –ya que me permite darle consejo– he de rogarle que renuncie a todo eso. Está usted mirando hacia fuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie... No hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir. Ante todo, esto: pregúntese en la hora más callada de su noche: "¿Debo yo escribir?". Vaya cavando y ahondando, en busca de una respuesta profunda. Y si es afirmativa, si usted puede ir al encuentro de tan seria pregunta con un "Si debo" firme y sencillo, entonces, conforme a esta necesidad, erija el edificio de su vida. Que hasta en su hora de menor interés y de menor importancia, debe llegar a ser signo y testimonio de ese apremiante impulso. Acérquese a la naturaleza e intente decir, cual si fuese el primer hombre, lo que ve y siente y ama y pierde. No escriba versos de amor, rehuya. Al principio, formas y temas demasiado corrientes: son los más difíciles. Pues se necesita una fuerza muy grande y muy madura, para poder dar de sí algo propio ahí donde existe ya multitud de buenos y, en parte, brillantes legados. Por esto, líbrese de los motivos de índole general. Recurra a los que cada día le ofrece su propia vida. Describa sus tristezas y sus anhelos, sus pensamientos fugaces y su fe en algo bello; y dígalo todo con íntima, callada y humilde sinceridad. Valiéndose, para expresarse, de las cosas que le rodean. De las imágenes que pueblan sus sueños. Y de todo cuanto vive en el recuerdo.
Si su diario vivir le parece pobre, no lo culpe a él. Acúsese a sí mismo de no ser bastante poeta para lograr descubrir y atraerse sus riquezas. Pues, para un espíritu creador, no hay pobreza. Ni hay tampoco lugar alguno que le parezca pobre o le sea indiferente. Y aun cuando usted se hallara en una cárcel, cuyas paredes no dejasen trascender hasta sus sentidos ninguno de los ruidos del mundo, ¿no le quedaría todavía su infancia, esa riqueza preciosa y regia, ese camarín que guarda los tesoros del recuerdo? Vuelva su atención hacia ella. Intente hacer resurgir las inmersas sensaciones de ese vasto pasado. Así verá como su personalidad se afirma, cómo se ensancha su soledad convirtiéndose en penumbrosa morada, mientras discurre muy lejos el estrépito de los demás. Y si de este volverse hacia dentro, si de este sumergirse en su propio mundo, brotan luego unos versos, entonces ya no se le ocurrirá preguntar a nadie si son buenos. Tampoco procurará que las revistas se interesen por sus trabajos. Pues verá en ellos su más preciada y natural riqueza: trozo y voz de su propia vida.
Una obra de arte es buena si ha nacido al impulso de una íntima necesidad. Precisamente en este su modo de engendrarse radica y estriba el único criterio válido para su enjuiciamiento: no hay ningún otro. Por eso, muy estimado señor, no he sabido darle otro consejo que éste: adentrarse en sí mismo y explorar las profundidades de donde mana su vida. En su venero hallará la respuesta cuando se pregunte si debe crear. Acéptela tal como suene. Sin tratar de buscarle varias y sutiles interpretaciones. Acaso resulte cierto que está llamado a ser poeta.
Entonces cargue con este su destino; llévelo con su peso y su grandeza, sin preguntar nunca por el premio que pueda venir de fuera. Pues el hombre creador debe ser un mundo aparte, independiente, y hallarlo todo dentro de sí y en la naturaleza, a la que va unido.
Pero tal vez, aun después de haberse sumergido en sí mismo y en su soledad, tenga usted que renunciar a ser poeta. Basta, como ya queda dicho, sentir que se podría seguir viviendo sin escribir, para no permitirse el intentarlo siquiera. Mas, aun así, este recogimiento que yo le pido no habrá sido inútil : en todo caso, su vida encontrará de ahí en adelante caminos propios. Que éstos sean buenos, ricos, amplios, es lo que yo le deseo más de cuanto puedan expresar mis palabras.
¿Qué más he de decirle? Me parece que ya todo queda debidamente recalcado. Al fin y al cabo, yo sólo he querido aconsejarle que se desenvuelva y se forme al impulso de su propio desarrollo. Al cual, por cierto, no podría causarle perturbación más violenta que la que sufriría si usted se empeñase en mirar hacia fuera; esperando que del exterior llegue la respuesta a unas preguntas, que sólo su más íntimo sentir, en la más callada de sus horas, acierte quizás a contestar.
Le devuelvo los adjuntos versos, que usted me confió tan amablemente. Una vez más le doy las gracias por la magnitud y la cordialidad de su confianza. Mediante esta respuesta sincera y concienzuda, he intentado hacerme digno de ella: al menos un poco más digno de cuanto, como extraño, lo soy en realidad.
Con todo afecto y simpatía,
Rainer Maria Rilke.

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