EL FIN JUSTIFICA LOS MEDIOS EN AGATHA CHRISTIE
stos días vi en un canal por cable "Asesinato en el Orient Express". Leí la novela hace muchos años, gracias a mi hermana Amparo María, quien un día llegó con dos gruesos libros de tapas rojas, que contenían la obra completa de Agatha Christie, en fino papel de arroz y dotados de marcadores de cinta, como los misales.Conmigo funcionó la hipnótica clave de la escritora británica, según la cual el suspenso se genera porque el detective no sabe más que el lector. Claro, solo hasta el momento en que el detective baraja sus deducciones, y uno queda suspendido en la sorpresa.
El formidable sabueso de la novela es el belga Hércules Poirot, un oficial de policía ya jubilado, dueño de un rostro circular y unos bigotes que copió Salvador Dalí, encarnado en el cine por David Suchet, Albert Finney y Peter Ustinov.
Más que por su estampa, Poirot destaca, como Sherlock Hol
mes, por su capacidad de análisis. En la historia del "Asesinato en el Orient Express" el detective de Agatha Christie (1891-1976) hace gala de ello, y, sin aspavientos, al final expone varias hipótesis del crimen: una, resulta obvia y está apegada a los hechos; otra, acepta las dudas, las dudas razonables; y por último, su propia percepción de los hechos.Ninguna es garantía de nada, como en la vida real, porque la impunidad, que permanece agazapada, está siempre lista a saltar las barreras de la ley.
La señora Christie –cuyo nombre era Agatha Mary Clarissa Miller y tomó el apellido de su primer esposo Archibald Christie– aprovechó el renombre del Orient Express en aquella época, para usarlo como escenografía del monstruoso asesinato que ocurre ahí.
El Orient Express era entonces un lujoso tren –fabricado en Suiza en 1883– que hacía la ruta París-Estambul, con personalidades de alcurnia como las que protagonizan la novela, la cual narra que el expreso quedó atascado por una tormenta de nieve.
Al día siguiente, en una de las espléndidas literas, hallan muerto a un pasajero. Le habían asestado doce puñaladas. ¿Quién de los doce presentes pudo cometer acto tan brutal?
La trama, que lo mantiene a uno en vilo, está tejida –e
n los limitados espacios del vagón– con los interrogatorios de Hércules Poirot a cada uno de los singulares pasajeros, y, por supuesto, con las distintas hipótesis que surgen después de cada entrevista.Es realmente fascinante ver actuar a Poirot en la difícil tarea de armar el puzzle para dar con el criminal. Y él mismo, después, explica su método de análisis: "Una vez que hube escuchado todas las declaraciones, me recosté, cerré los ojos y me puse a pensar".
Es decir, se puso a intuir qué había detrás de la obviedad de los hechos y de la duda razonable.
Y esa explicación no la piensa, sino que se la dice a los presentes. Además, les confiesa:
–Pero entonces, señores, vi la luz –les suelta, y todos quedan tiesos; uno también.
Pero, ¿cuál luz, si no hemos visto nada?
Poirot expresa su extrañeza por la coincidencia de que todos estén relacionados con Armstrong, un prohombre estadounidense cuya familia fue destruida por el que ahora está muerto. Eso, resultaba "no solamente improbable, era imposible".
Y todos se miran entre sí.
–No podía haber casualidad, sino designio –remata Hércules Poirot.
Entonces uno se entera de qué fue lo que pensó Poirot, cuando se recostó y cerró los ojos.
Se sabe, pues, la manera cómo los doce elegantes pasajeros se pusieron de acuerdo para matar; porque todos tenían una razón para odiar al finado. Y en turno, cada uno le clavó el puñal.
Ya la primera hipótesis, la de un pasajero que lo mató y
huyó, queda descartada. Aunque era buena, porque estaba sustentada en los hechos: un traje abandonado, una colilla de cigarrillo y un pedazo de papel; elementos hallados en la litera del muerto.Este, a la sazón, era también responsable de la muerte de la hija de uno de los pasajeros –que estaba embarazada– y de su nieta. Y por boca de otro viajero sabemos que "murieron otros niños antes de Daisy", a manos de quien es cadáver, que había logrado saltar las barreras de la justicia y creía poder vivir, para siempre, en Europa, arropado de impunidad.
Antes que amilanarse por la revelación de Poirot, los presentes justifican el crimen. Uno de ellos, dice:
–La sociedad lo había condenado y nosotros no hicimos más que ejecutar la sentencia.
Esto es, ni más ni menos, que justicia privada; una patente de corso. Ciertamente, con ésta se elimina la impunidad, pero se ejerce al margen de la ley.
–Bien, ya lo sabe usted todo, monsieur Poirot. ¿Qué va usted a hacer ahora? –dice uno de los elegantes pasajeros.
Es cuando uno espera la voz justiciera de Poirot, y quizás que los señale con el índice, pues al fin y al cabo se trata de un asesinato. Pero esto no es lo que ocurre.
Antes bien, ya sin pudores, otro perfumado viajero, propone:
–La primera hipótesis es la verdadera. Sugiero que sea esa la solución que ofreceremos a la policía yugoslava.
Para este momento, un rompehielos acaba de abrir paso a
A nuestro pesar, Hércule Poirot declara:
–Entonces, como ya he expuesto mi solución ante todos ustedes, tengo el honor de retirarme completamente del caso.
Y esta vez, ya no solamente es la trama de la historia lo que impacta, sino la convincente narración de que el fin justifica los medios.
Etiquetas: Apuntes, Escritores, Libros, Reflexiones




























He aquí la ofrenda. El cogollo del árbol que será, en cuyas ramas morarán los sueños de sus nidos cotidianos. He aquí el fruto de las entrañas de la vida, la chispa del incendio en las praderas del amor, en cuyo fuego se zurció el más delicioso momento, lanzado ahora, como una roca de honda, al blanco de lo que habrá de ser. Y que sea fuerte como el agua, tú. He aquí la loca aventura de un par, la barca que ondula en el piélago de la existencia, cuya vela hincharán los vientos de la rosa náutica. He aquí el presente en tus futuras manos, tú. El muchacho que andará y desandará, tal vez azaroso, manchado de culpas, quizás, abriéndose camino en pos de una luz, puliendo su corazón en las aristas de la vida social, ardoroso alumno de la educación sentimental, tan blando como el sauce, tan fuerte como el bambú. He aquí la ofrenda, tú. Enséñale a amar.



















