SOMOS COMÚN Y CORRIENTE
a vivir muchos años y morir un día festivo –me dice la mujer mientras ausculta las líneas de mi mano. Con alfiler y retrato hay malos que le quieren hundir mucho dinero, pero todo se arreglará –añade.El sol encandila afuera de la carpa. La mujer está sentada sobre la alfombra que hace de piso. Yo estoy frente a ella. A poca distancia, una pareja de niños juega atari en un televisor.
Esta es una de las 25 carpas gitanas instaladas en círculo en el terreno plano que está cerca de Puerto Lirquén. Cuando se va de Concepción a Tomé parece que un circo acampó ahí.
–Somos chilenos, común y corrientes –dice Juan Nicolich California, quien sigue agradecido con la teleserie Los Romané, "porque los chilenos se acercaron más a los gitanos".
La mujer insinúa que puede quitarme esa especie de hechizo. Su insistencia busca quebrar mi voluntad.
–¿Cuánto tiene en el bolsillo? –me pregunta.
Pone expresión molesta cuando le revelo una cifra muy baja.
–¿Nada más?
–Nada más.
Me pregunta si soy católico o evangélico, y saca un crucifijo. Su esposo está parado al lado, se llama Pedro California Caliche y espera una llamada para vender su pequeña camioneta.
La compraventa de autos es una fuente importante de ingresos para los hombres. Los otros negocios que realizan se relacionan con el mercadeo de chatarra y pailas de cobre. Las mujeres, por su parte, leen el futuro en las líneas de la mano.
El celular de Pedro suena y la mujer le dice algo en lengua enrevesada. Pedro sale de la carpa para hablar tranquilamente.
–¿Qué idioma es ese? –le pregunto después a Juan Nicoli
ch California, un hombre ya mayor y de trato amable.–No es idioma –responde–, si fuera idioma estaría en los libros.
Dice que no es romané, sino un dialecto que viene del yugoslavo.
La mujer bendice con el crucifijo mi frente, mis hombros, mis manos y mis pies. Se llama Judith Nich Nicolich.
–Diga "amén" –me ordena.
Digo amén, y le agradezco su empeño. Al comienzo le ofrecí mil pesos, acertara o no con mi futuro, y se los doy. Salgo de la carpa y camino hacia la casa de Juan Nicolich California.
Las carpas forman un círculo, dejando un centro a manera de Plaza de Armas. El campamento simula un pequeño pueblo, y el polvo se levanta cuando lo atraviesa una camioneta Luv.
Una niña desnuda pedalea sobre un triciclo, sin que le importe a nadie. Juan Nicolich California me explica que tiene un retardo mental.
Mientras avanzo hacia el centro, me sale al paso Perla Nicolich California, una joven que ya adquirió las virtudes adivinatorias y sale, todas las mañanas, con un pequeño cargamento de diminutas bolsas de género rojo, a fastidiar a más de un peatón.
–No obligamos a nadie, solo insistimos –aclara, Perla, rubia como el sol empinado.
Cada bolsa contiene diminutos trozos de sahumerio, una "mara" y hojas de ruda. Ese es el conjuro para alejar las malas energías de quien lo lleve.
Perla reconoce que la mucha insistencia puede fastidiar a los
transeúntes. No obstante, ha desarrollado un instinto para dar con los que no saber decir "No". Y ella necesita el dinero que los demás llevan.El campamento gitano está levantado en un lugar estratégico, sí. Y gracias a su proximidad a la vía principal, pueden llegar fácilmente a Penco, Dichato, Lota y Talcahuano, bien sea en sus propios autos o en locomoción colectiva.
Pero no tienen servicios sanitarios. El lugar lo ronda Carabineros de Lirquén. Le pregunto algo a Juan Nicolich California cuando un tropel de niños irrumpe en la "casa" donde conversamos. Solo curiosean, con el bullicio propio de la edad.
Todos tienen sus vacunas al día, y las madres han tenido embarazos controlados.
La esposa de Juan, Lupe Nicolich Meléndez, observa la escena sentada junto a la cocina a gas. Está enferma, y no se puede mover. Ella nació en Yungay, y por fortuna, hace poco comenzó a recibir su pensión.
–Cuarenta mil pesos –precisa Juan.
Un sonido antillano llena la aridez del centro del campamento, proveniente de un equipo de sonido encendido de golpe en una carpa de enfrente.
Juan considera importante esta devoción de los muchachos, "para que no se metan a fumar marihuana y pasta base de cocaína".
Los niños que nos escuchan se aburren, y deciden irse. Corren hacia la carpa de Miguel Nicolich, quien vino solamente de visita, porque su propia carpa está en Chillán Viejo, donde se han establecido otras 15 casas gitanas de género multicolor.
Miguel tiene un hijo con síndrome de Down, quien recibe los medicamentos correspondientes y acaba de cumplir 30 años.
De súbito, se presenta un movimiento de autos que entra
n y salen. Entre ellos, una Datsun "de cabina y media, y pisadera", y una Luv 2.3, del año 96, que están en venta.–En realidad, todos los autos están en venta –dice Miguel Nicolich–, si alguien los quiere comprar.
El negocio de Juan Nicolich California, en cambio, son las pailas de cobre. Una buena cantidad las vende a los almacenes de artesanías de la Vega Monumental.
–Ellos ganan, nosotros ganamos y el que nos trabaja haciéndolas, también gana. Todos ganamos –casi recita lo que podría ser el credo del buen comerciante.
Después de escucharlo atentamente, le pregunto quién da las órdenes en el campamento. Me dice que nadie da órdenes. Que cada quien se maneja en su carpa. ¿No hay un jefe entre los gitanos?
–Melquiades.
–¿Melquiades?
–El rey nuestro.
–¿Ese es su nombre?
–Carl California.
–¿Dónde está?
–En Santiago.
–¿Hay unos gitanos más ricos que otros? –suelto de repente.
–Unos tenemos más que otros –responde Juan. Yo tengo una casa en Concepción, que puse en arriendo. Pero no soy ni rico, ni pobre. No le pido nada a nadie, gracias a Dios.
–¿Alguien más tiene casa?
–Sí. Hay varios que tienen casas en arriendo, tienen autos y negocios. Tal vez los que viven en Santiago tienen más.
–¿Y por qué vive acá?
–Porque esta es mi vida.
En su vida está vender pailas de cobre y vivir con su gente.
La niña desnuda sigue dando vueltas en su triciclo por la polvorienta Plaza de Armas, sin que a nadie le importe.
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