Franca
mente no estoy muy seguro de la utilidad del voto en blanco, del voto nulo y del voto ausente –la abstención–. Confieso que en el pasado pude haber tenido otro alambique dentro del cráneo por el cual hubiera tenido cierta admiración por ese tipo de expresiones.
Por definición el voto es un derecho. Es decir, una facultad que el individuo ejerce. En lo que se comenta, el derecho de elegir a otra persona para que ocupe un cargo. No vienen al caso las elecciones privadas, de un Directorio de empresa, por ejemplo. Se habla de las que se realizarán en diciembre y enero.
Si aplicamos el derecho al voto, ¿podemos hablar de derecho blanco, derecho nulo y derecho ausente? La respuesta a la pregunta es una bofetada, en el sentido de que las calidades del voto, al momento de ejercer el derecho de esa manera, se esterilizan.
Algo así como una bicicleta sin ruedas.
Porque, ¿a quién beneficia el voto blanco, el nulo y el ausente? Ciertamente, no es al elector.
El voto ausente –abstención–, significa que la persona cede su espacio a los demás para que decidan por ella. Triste. Y tal vez no se pueda entender bien el argumento para obrar así; excepto, claro está, si está postrada en cama, o vive a cientos de kilómetros del puesto electoral.
Hay mayor vigor en aquel que sacude su molicie para ir hast
a la urna, pero no le alcanza para ejercer su derecho y prefiere depositar el voto blanco. Quedó exhausto con el esfuerzo, y el resultado fue virginal. En algunos países los votos blancos se suman a los del ganador, pero no es el caso de Chile.
Contrario al caso anterior, está aquel que sale de su casa a grandes trancos, llega a la urna y "pone la cruz" donde no debe, pone "más de una cruz", o "tacha la cruz" que acaba de pintar –quizás con ira– y deja un manchón, o llanamente escribe, "concha de tu madre", y se va, con el cadáver de un voto nulo en su corazón, pero una sonrisa dibujada en su rostro, que no se sabe si plácida, o tonta.
Al final, el ausente –triste destino–, el blanco –sin pena ni gloria–, y el nulo –grangarabateadorserá– no cuentan para nada al momento del conteo para escoger la persona que va a ocupar el determinado cargo.
¡Ni siquiera hicieron estorbo! Porque lo que la autoridad electoral hace con toda esa papelería es, para decirlo gráficamente, tirarla a la basura.
Unos dirán, que esas "son posiciones", y es verdad. Sin embargo, el propósito es la valoración de un derecho y no la admiración de una performance.
Esos mismos argumentos alambiqué en otras circunstancias, años atrás, diciendo que cualquiera de esas formas de asumir las votaciones generaba un "fenómeno político".
La respuesta es un contundente "Sí". Pero, ¿cuál es el fe-nó-me-no?
Con el pecho henchido se dirá que pudo deformarse el universo electoral, con lo cual se impacta –hacia arriba, o hacia abajo– el total de la votación, y, en consecuencia, se altera la proporción de cada uno de los candidatos, o de las colectividades políticas.
Sí. Y la pregunta adicional es muy simple: "¿Y?"
Cualquier argumento será como el traje de un mal mod
isto: aprieta o queda flotando. Esto, sin negar que la intención persuasiva puede parecer un épico grito de batalla, por ejemplo, algo así: "¡Voto nulo, la otra opción!"
¿Cuál? ¿Cuál opción? ¡Si no tomó ninguna!
La única opción válida, valiente, carente de sesgos y subterfugios, es apropiarse del derecho de voto, y ejercerlo cabalmente. Que de las manos del votante salga la escogencia de la persona que deba ocupar el cargo público para el cual se hacen las elecciones. Es decir, votar en consciencia. Creo.
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